¡BASTA YA, GUERREROS SIN GUERRA!

Generalmente quienes promueven el enfrentamiento y la confrontación de manera irresponsable, sembrando semillas de violencia y rencores sociales que prenden fácilmente en las nuevas generaciones, siempre dispuestas a reaccionar frente al cambio, nunca vivieron la guerra, ni saben disfrutar, mucho menos, apreciar las oportunidades que proporciona la paz, para fomentar el desarrollo.

Creen que la disputa funciona mejor que el diálogo, que el vituperio o descalificación exacerba más la pasión, que la razón y que el odio es el mejor combustible para hacer avanzar las causas.

Y quizá tengan razón, no hay mejor estímulo para una alma atormentada  para saciar la venganza, que hacer desaparecer al enemigo y es difícil encontrar satisfacción en el arreglo,  en lugar de la derrota incondicional y devastadora.

Pero lo único que no debieran olvidar jamás es que no hay guerra eterna, y que ninguna confrontación que se dirime en el campo de batalla, termina, tarde o temprano, en otro escenario que no sea en la mesa de la paz.

Lo trágico, es que siendo una aspiración genética inscrita en el alma de la gente,  lo más difícil es mantener el espacio creativo que se produce inevitablemente entre guerra y guerra. Esa etapa racional en que crecen generaciones intermedias que al no haber conocido la guerra les provoca provocarla y las rencillas no cubiertas por el egoísmo humano que siempre animan el rescoldo de ambiciones y modos de vivir, atizando el fuego de la confrontación y de la guerra, ocupación marginal de siempre a ser desempeñada por un segmento de  dirigentes que lucran y viven de la insatisfacción social.

Tanto las grandes guerras, como las pequeñas, tienen su germen en la disputa de intereses, casi siempre ajenos a las necesidades de las sociedades que finalmente contribuyen con su propia sangre para dirimirlos.

Desde el conflicto social que se presenta en la pequeña comunidad por insatisfacciones y precariedades reales hasta los grandes intereses de naciones y potencias que frente a otras siempre tienen un derecho pendiente que reivindicar.

Y así, en esos espacios de paz, entre guerra y guerra, siempre habrá un combatiente pertinaz y constante, cargando fusiles imaginarios y disparándole a supuestos enemigos reales, fustigando la confrontación y soñando con su futura guerra.

Estos son los guerreros sin guerra que en la paz más daño le hacen al desarrollo económico, político, cultural y social de la gente.

Animales con cara de gente, como les llame a los ladrones que saquearon mi casa hace cinco años, me descubrieron la diabetes, le marcaron más certeramente, plazo a mi vida y le restaron paz a mi corazón.

Estos son los ladrones de la paz, que viven en el conflicto, medran de la confrontación y casi siempre huyen cuando se da la guerra y se tiene que exponer la vida.

Como siempre, los agitadores, y esto me recuerda mi juventud en el Instituto Nacional Central para varones, en que, como su presidente, con los muchachos me tocaba enfrentar los bastonazos de la policía. Mientras otros planeaban los resultados de nuestra rebeldía nata.

Pero nunca hay que olvidar que toda guerra termina en la mesa de la paz, Desde la llamada guerra de los cien años, entre Inglaterra y Francia y sus aliados y que según la historia, duro realmente 117 años  ( 1 de enero 1337 17 de octubre de 1453- dato registrado en wiki pedía-)y que realmente pretendía mantener los intereses de los terratenientes ingleses en el corazón de las tierras francesas y que finalmente ganaron los franceses y dejo para la época de 59,000 muertos del lado inglés y 53, 000 del lado Francés, que me imagino no eran de ninguna de las familias reales que disputaban intereses latifundistas.

Toda esta digresión viene al caso, porque me incomoda nuestra pertinaz vocación a estimular la confrontación que nos mantuvo en aquella bochornosa guerra a la que nos metieron los intereses de las potencias extranjeras y que nosotros matizamos con la sangre chapina, engarzándonos en una guerra fratricida marcada por la confrontación de hermanos.

Sí, porque hermanos somos y llamamos a los hijos de una misma tierra, además de paisanos y guatemaltecos, nos decimos los hijos de esta tierra más allá de nuestro color, raza, religión, filiación política, nivel cultural o económico,

Que yo sepa mi DPI no dice: Negro, Indio, Mestizo, Pobre, Rico, Peleonero, Pacífico, Sanguinario, Valiente, Cobarde o Charlatán, dice claramente. Nacionalidad: guatemalteca.

Sin embargo  los intereses de los Estados Unidos confrontados por el interés hegemónico, propio de las potencias, con los de la extinta Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) más conocida desde aquel entonces como Rusia, nos hicieron sufrir la temperatura de su propia guerra que llamada Guerra Fría, solo lo era en sus territorios, porque aquí se las calentamos nosotros con la muerte de millares de compatriotas, de la cual salimos vivos muchos de los que hoy, vemos horrorizados, como una guerra que no era nuestra, la queremos hacer motivo ideológico de una nueva confrontación, ahora sí, entre guatemaltecos, con animación extranjera, pero hecha a la medida de nuestra propia ceguera.

Y allí vamos, construyendo, granito a granito, el monumento de la guerra, al que le queremos ofrendar nuestros futuros muertos, alabando la paz, pero echándole combustible al pleito y confrontación que se anticipa a la guerra.

Allí veo a los guerreros sin guerra, que no arriesgaron su vida en la guerra, provocando la insatisfacción siempre creciente, y sin duda alguna, casi siempre una aspiración justa de los sectores populares, para abrirles la puerta a desahogar las pasiones que inevitablemente nos harán perder la razón, olvidar la tranquilidad de la paz, fomentar la delincuencia, encubrir toda esa confusión con hábitos ideológicos de izquierda o de derecha para terminar en la guerra que nos mata a todos.

Todo comienza a configurar ese escenario nefasto, desde la insatisfacción de los intereses de la gente, pasando por la desestabilización institucional y desprestigio de los medios pacíficos para resolver conflictos, las manifestaciones pacíficas que en cualquier momento desencadenan la muerte y la reacción de las fuerzas de seguridad pendientes de un dedo nervioso que active el gatillo que dispare el primer tiro de la guerra.

En su éxtasis, esta estupidez social, termina por judicializar la política y politizar la justicia, haciendo de todos sus instrumentos legales, armas letales para amenazar o meter a la cárcel, al antes adversario, hoy convertido en enemigo, sin razón de sangre.

Y, allí estamos…siempre allí estamos,

Siempre hablando de la Paz y  Paz como una forma de prepararnos para una verdadera guerra, más pareciera que quisiéramos que la Paz, descansará en Paz.

  

 

 

 

 

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