COMO GARRIK, SE APRENDE A REÍR CON LLANTO Y TAMBIÉN A LLORAR CON CARCAJADAS

COLUMNAS danilo

Yo no sé, si nos damos cuenta, o estamos conscientes del nivel de la crisis del país, o la práctica del desahogo que nos da interaccionar en Facebook, es suficiente para aliviar nuestras tensiones emocionales, frente al desastre y la catarsis de poder expresarnos colectivamente, como experiencia contemporánea que hace sólo algunos años nos era impredecible y lejana, nos hace pensar, que con esa nueva forma de expresión, es suficiente para cambiar el mundo.

Desde luego, lo que en un inicio constituyó un mecanismo de auténtica aproximación al verdadero sentir de la población, poco a poco ha sido instrumentalizado para satisfacer intereses personales o de grupos, falsificando esa expresión de la gente, sustituyéndola por aplanadoras de opinión preconcebida y planificadas para fabricar corrientes de adhesión estructuradas para beneficiar, crear, inventar, o bien hundir, un propósito totalmente ajeno al verdadero sentir de la población.

Se está creando una nueva industria en torno al manejo de opinión pública, compitiendo con los periódicos, televisión y radio, el privilegio de influir en las decisiones de los individuos para contagiar colectivamente un punto de vista, o una política asumida o por asumir y que tenga implicaciones sobre los ciudadanos.

Los denominados call centers surgen como hongos para ponerse a disposición de un fin espurio e inmoral. Decirle a todos que lo que les conviene o rechazan, lo respaldan todos.

Desafortunadamente esa mentira colectiva, todavía no es constitutiva de delito y así vemos como en un segundo cientos o miles de ¨Likes¨ prefabricados, inundan las redes sociales provocando una reacción también preestablecida para lograr un fin, cualquiera que sea su naturaleza. Noble o innoble.

Cómo confiar ahora, en la veracidad de las redes sociales, como motivadoras de movilizaciones justas o apoyadas por todos, si en lugar de estar animados por compañeros de viaje, estamos siendo manipulados, por perfiles falsos, que incluso sin ninguna consecuencia, nos pueden insultar, descalificar o desanimar en la protesta justa.

Un año antes de las elecciones, escribí en nuestra revista Perro Bravo, un artículo que se llama ¨El duendecillo Subversivo¨, en él pude anticipar, casi como una premonición llevada a sus últimos detalles, como una nueva forma de comunicación social iba a transformar la conducta electoral de la población. Me atreví a afirmar, que en ese proceso, la comunicación sería más importante que la organización. Y anticipaba la existencia de un dirigente, que perdido en las marañas de las redes sociales, podía culminar las manifestaciones populares, que nos decían muy claramente que las cosas estaban por cambiar. A ese mensaje capaz de convocar a miles de ciudadanos a congregarse en un punto sin haberse conocido antes. A buscar un objetivo consensuado por todos sin haberse reunido para ponerse de acuerdo, le llamaba el Duendecillo Subversivo.

Pareciera que a ese Duendecillo, auténtico y rebelde, que en comunión solidaria y mancomunada con el sentir popular, lo están haciendo aliado, del pantano de la corrupción, que todo lo que intuye limpio, se lo traga.

Nos están robando esa arma legítima de defensa popular. Nos quieren otra vez mudos o cómplices de la desvergüenza, la falta de rumbo y la corrupción.

Mientras nos tardemos en darnos cuenta de que es falso , el país continúa hundiéndose en la maraña de la administración sin recursos, sin liderazgo político, en confrontación permanente, judicializando la política y politizando justicia, retomando los temas que provocaron finalmente la confrontación armada, restándonos espacios de discusión para animar la reconciliación y la paz. Asistiendo a la burla cada vez más ofensiva de quienes tienen la responsabilidad de hacer las leyes, no de violarlas, y de quienes aplicando la ley, se exhiben frente a la población haciendo trofeos de sus sentencias, más allá, además, de condenar al pueblo a que le llamen asesinos de pueblos.

No estamos bien, salvo quienes lucran de la desgracia colectiva y piden recompensas por desenterrar esquelas.

No vamos bien, salvo a quienes cambiaron mesitas donde comían, escribían y jugaban ajedrez, los más osados, y damas chinas la mayoría, por suntuosos escritorios que pasan lustrando todos los días para creer que están bajo su tutela y dirección.

Estamos perdiéndolo todo, más allá de la dignidad institucional, que todos los días se ve mancillada, sin respuesta digna que haga eco en nadie, porque ni siquiera eso hacen los don nadies.

Esa realidad, me recuerda a Garrik, aquel actor de la Inglaterra, que en el verso confiesa, que en su realidad, se aprendía a reír con llanto y también a llorar con carcajadas.

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