PRESIDENTES: DELIRIOS DE PODER FRENTE A PANDEMIA

En los países de América Latina, la pandemia de Covid-19 hace a la población, más sensible a los efectos de la corrupción y a la deficiente infraestructura de sus sistemas de Salud Pública. Una situación que se agrava con la conducta errática de los jefes de Estado y sus decisiones contrarias al sentido común.

La Organización Mundial de la Salud (OMS), ha hecho énfasis en los efectos que la pandemia tiene en la salud mental de las personas. Enfrentar el aislamiento, el distanciamiento físico, el uso masivo de mascarillas, el cierre de escuelas y oficinas, son circunstancias que afectan a todos los ciudadanos, “es natural sentir estrés, ansiedad, miedo y soledad en estos momentos”, resaltó Hans Kluge, jefe de la OMS para Europa, durante una conferencia el 25 de marzo 2020, en la que exhortaba a los países a no ignorar el impacto psicológico del Covid-19.

Si bien la ciencia ha demostrado que el estrés puede ser detonante de trastornos mentales, poco se ha discutido del impacto que situaciones tan extremas y sin precedentes como esta, pueden tener sobre la salud mental en los funcionarios públicos, desde los directores de hospitales hasta los jefes de Estado. Un cuadro que se torna más delicado cuando estos tienen condiciones preexistentes que les hacen más propensos a desarrollar trastornos psicológicos.

Aiysha Malik, del departamento de Salud Mental de la OMS, ha recomendado medidas para apoyar psicológicamente, en estos momentos tan desafiantes, a los trabajadores en el sector Salud, tales como cambiar turnos en las posiciones de mayor estrés, hacer un incremento en la comunicación entre equipos de trabajo, contar con un equipo de atención psicosocial en los hospitales, entre otras recomendaciones. Desafortunadamente estas indicaciones son difíciles de aplicar cuando se trata de la persona que ocupa la Presidencia de la República.

En México, por ejemplo, cada vez son más las voces que señalan que el presidente Andrés Manuel López Obrador podría estar sufriendo algún trastorno de la personalidad o padecimiento mental, a juzgar por su forma de conducirse en actos públicos. Recientemente, el columnista mexicano Pablo Hiriart, en su artículo titulado “Cuidado con el Presidente”, afirmaba que es “inútil tratar de entender las decisiones y razonamientos del Presidente con los instrumentos del análisis político, pues su conducta como jefe de Estado sólo es comprensibles desde otra disciplina, la psiquiatría”. Hiriart afirmó que una eminencia de la psiquiatría mexicana, sin revelar su identidad, le explicó que “la conducta presidencial manda señales de un problema de demencia vascular”, la segunda causa de demencia en el país, después del Alzheimer.

Negar la realidad

Al revisar las actuaciones de los presidentes latinoamericanos para enfrentar esta pandemia, principalmente aquellos en cuyos países el coronavirus está cobrando más vidas humanas, encontramos varias similitudes en sus conductas. Por ejemplo, señalar a los medios de comunicación, responsabilizar a la oposición política y contradecir a su gabinete de gobierno, son notorios rasgos en común.

Los mandatarios a los que hacemos referencia a continuación, comparten además, algunos rasgos de personalidad: tales como una evidente falta de empatía e incapacidad de autocrítica, entre otras expresiones que suelen asociarse al trastorno de personalidad narcisista, en el cual las personas tienen un sentido desmedido y exagerado de su propia importancia, y conlleva una profunda necesidad de atención.

Quienes sufren de trastornos narcisistas, suelen desarrollar relaciones conflictivas, pues su carencia de empatía por los demás, se deriva de formas de pensamiento que les impiden ver a otros como iguales. Parte de esa distorsión mental que lleva a la persona a buscar ser aclamado, implica cierto grado de histrionismo en la personalidad, por lo que no es de extrañar que el individuo elija una carrera en el espectáculo o en la política.

Respecto a este tipo de conductas, el Psicoterapeuta y Coach político, José Luis Harb, conferencista internacional en Gestión Emocional para Líderes y Resolución de Conflictos, explica una razón por la cual estos sujetos buscan permanentemente la admiración, “porque seguramente hay algo que les falta, seguramente hay algo que no está completo, entonces compensan e intentan llenar ese agujero espiritual, emocional y afectivo, con la necesidad de buscar, permanentemente, admiración de los demás. En la mayoría de los casos de mandatarios que han asumido el gobierno, hay un entorno que les hace creer todo este tipo de guión, de relato… cuando él hace un chiste, aunque el chiste no sea bueno, ese chiste es inmediatamente celebrado por el entorno, entonces le hace creer que hace muy buenos chistes. Posteriormente cuando dice alguna idea, nadie la cuestiona, porque hay una relación de poder de por medio, aquellos son sus dependientes.”

Para Harb, esas conductas del entorno le hacen sentir al líder “que lo sabe todo, que no se equivoca”. “Entonces se va en un círculo vicioso, generando conductas que refuerzan las tendencias narcisistas en esa personalidad, que no es casual, no todos los que se dedican a estas actividades tienen lo mismo. Hay personas que han sido aduladas, valoradas, han sido halagadas permanentemente, pero no tienen este tipo de conflictos y de trastornos; pero hay algún porcentaje al que sí le afecta y puede llegar a transformar su conducta, en conductas sospechosas, al menos, de tener cierto tipo de trastornos”, indica el profesional de la psicología.

Sin embargo, el rasgo en común más evidente en la reacción de varios mandatarios latinoamericanos, ante la llegada del Covid-19 a sus países, ha sido la negación reiterada. Es decir, las actitudes de no pocos presidentes, especialmente en las primeras etapas de la pandemia, han sido contrarias a la lógica y al sentido natural de las cosas, resistiéndose a aceptar una realidad presente ante los ojos del resto.

Mientras los hechos mundiales demostraban la imperativa necesidad de tomar medidas de prevención y distanciamiento social, para evitar la propagación del virus, varios presidentes en la región latinoamericana tomaron, de forma reiterada, acciones en contrasentido de las prevenciones internacionales, entendidas y ampliamente recomendadas a nivel global.

Para el Psiquiatra Nery Ortiz, “se puede decir que la negación no es un mecanismo de defensa que siempre resulte patológico, algunas veces puede ayudar, cuando se combina con otros mecanismos, para enfrentar la ansiedad e incluso si se combina con el sentido común, pero para ello se necesita de cierta flexibilidad de la cual se carece en los trastornos de la personalidad”.

El delirio de negación ha sido sujeto de investigación extensa para la psicología, la psiquiatría y también para la neurología, dado que es común dentro la sintomatología de varios trastornos mentales. Sin embargo, es importante tener en cuenta que, de acuerdo con los especialistas en la materia, más que un síntoma, la negación forma parte estructural del trastorno mental y su manifestación no necesariamente se deba a situaciones extraordinarias de estrés.

Para el Psicólogo Juan Carlos Baeza Villaroel, de la Clínica de la Ansiedad, “la negación consiste en la invalidación de una parte de información desagradable o no deseada y en vivir la propia vida como si aquella no existiera”. Funciona como “un mecanismo de defensa que los psicoanalistas relacionan fundamentalmente con la depresión, pero es apreciable en otras patologías, la ansiedad entre ellas”, afirma Baeza, y resalta que “la persistente negativa a verse influido por las evidencias de la realidad, también es un indicativo de que el mecanismo de la negación está funcionando”.

Dentro de la atención a la salud mental, la negación de la enfermedad no resulta efectiva, puesto que el individuo se ve impedido para afrontar de forma apropiada el padecimiento, ya que desde la negación, la persona no buscará ayuda ni acudirá a un profesional para encontrar una solución.

Tal peligro es advertido en el trabajo de Irving Janis (1918 -1990), psicólogo y profesor universitario, publicó en 1958 su investigación “Estrés psicológico: Estudios psicoanalíticos y conductuales de pacientes quirúrgicos”, centrada en el hecho de que las personas que usan la negación y la evitación como formas de afrontamiento, pueden experimentar un mayor alivio emocional durante la primera etapa de situación amenazante, pero suelen pagar el precio de manifestarse más vulnerables en las siguientes etapas y de forma continuada.

Así mismo, el trabajo de Janis demuestra que las personas que enfrentan las amenazas inicialmente de una forma más vigilante, pueden verse afectados al principio, pero en las etapas subsiguientes, puesto que se encuentran mejor preparadas para tener dominio de la situación, tienden a experimentar un trastorno de menor proporción. En la investigación de Janis, los pacientes que mostraron poca o nula aprensión antes de la operación quirúrgica, presentaron trastornos post-operatorios mucho mayores que los pacientes que habían mostrado un grado normal de preocupación, vigilancia y ansiedad, antes de la intervención.

Si las postulados anteriores, los aplicamos en la realidad de los sistemas presidencialistas, específicamente en el ámbito de la salud mental del primer mandatario de la nación, las consecuencias son mucho más graves. Si ante los primeros brotes del virus en su territorio, el Presidente de una república, refugiado en la negación de los alcances de la pandemia y su potencial impacto en la salud y en la economía del país, decide no implementar las medidas de prevención aceptadas internacionalmente y, por el contrario, minimiza el riesgo y hasta exhorta a la población a continuar sus vidas con normalidad, podrá mostrarse seguro y hasta desafiante, y menos afectado que otros ante la situación. Pero a la postre, no sólo el mandatario pagará consecuencias mayores, sino que el resto de la población lo hará también con su economía y su salud, y muchos lo harán con su vida y la de sus familiares.

La influencia que pueden ejercer los gobernantes sobre los ciudadanos es tal, que un presidente puede fomentar entre la población el uso de mascarillas, sin ordenarlo, con tan solo utilizarla en todas sus apariciones públicas. Así como puede promover que la gente se refugie en la superstición, como lo ha hecho en marzo pasado el presidente mexicano, tras presentar públicamente sus amuletos como escudos de protección efectivos ante el coronavirus. A finales del mismo mes de marzo, medios internacionales de prensa reportaron que en varios mercados mexicanos aumentó la compra de figuras y talismanes como medida preventiva contra el virus.

Una interesante descripción de la negación, aparece en un artículo en torno al proceso familiar, de Watzlawick, Weakland y Fisch, (1974), titulado «Terapia breve: resolución enfocada de problemas», en el que se refieren a ella en los siguientes términos: “Un modo de abordar erróneamente un problema reside en comportarse como si tal problema no existiera, es decir aplicar como solución la negación del problema”. De acuerdo a la referida obra, de la negación se derivan dos consecuencias: a) el reconocimiento del problema es considerado una manifestación de locura o maldad, y b) el problema inicial que exige un cambio se complica de manera creciente, por otros problemas creados por abordarlo de forma errónea.

Ante la imposibilidad de saber con certeza si los presidentes están recibiendo atención profesional para su salud mental, Revista Perro Bravo buscó las apreciaciones y opiniones que profesionales de la Psicología y la Psiquiatría puedan brindar, en torno al posible escenario mental que enfrentan algunos mandatarios; con la evidente limitante, de tener que basarse solamente en sus actuaciones públicas, por lo que únicamente proveen declaraciones a manera de hipótesis pre-diagnóstico y especulaciones de orden clínico.

El especialista en coaching político y gestión emocional para líderes, aborda la mitificación del poder. Imagen: PB

A continuación, presentamos una selección de actuaciones públicas de algunos presidentes en América Latina, aquellos cuya conducta inverosímil ha generado inquietud en torno a su estabilidad mental y emocional. Compartimos el repaso de las actitudes de los mandatarios, acompañado de los comentarios de los profesionales de la salud mental que fueron consultados, con el fin de aportar alguna luz a los posibles trastornos mentales que pudieran estar manifestando los mandatarios.

Por supuesto que estos actos no son representativos de todo su proceder durante la pandemia pues, ante la recriminación de los diversos sectores sociales y frente a la presión internacional, varios mandatarios rectificaron la ruta de acciones. No obstante, lo hicieron ya sobre escenarios más complicados, con medidas malogradas y una crisis más profunda, resultantes del grado de negación que regía su desempeño en ese entonces.

Sirvan los siguientes ejemplos, para analizar esos momentos claves cuando los presidentes latinoamericanos actuaron fuera del sentido común, contrarios a la razón y a las recomendaciones internacionales para afrontar el Covid-19. Aunque exista causa justificada para desconfiar de estas últimas provenientes de la Organización Mundial de la Salud (OMS), varios de los mandatarios que las adversan, no lo hacen respaldados por la ciencia.

AMLO y la superstición del Estado

Días después de que se registraran los primeros casos de coronavirus en territorio mexicano, el 28 y 29 de febrero 2020, el presidente Andrés Manuel López Obrador declara públicamente el 2 de marzo su “pronóstico” de “mercados tranquilos”, y afirma que “México no tendrá problemas mayores por el Covid-19”.

El 4 de marzo, con 38 casos en sospecha de tener Covid-19, el presidente desestima las recomendaciones de distanciamiento: “Miren, lo del coronavirus, eso de que no se puede uno abrazar… hay que abrazarse, no pasa nada”, expresó el presidente mexicano.

Para el fin de semana del 11 y 12 de marzo 2020, López Obrador seguía de gira por el país, minimizando los riesgos del Covid-19, contradiciendo a sus autoridades de Salud Pública, y en abierta negación a usar tapabocas. El 15 de marzo, durante una gira en el estado de Guerrero, a pesar de que la Secretaría de Salud de México recomendaba a la ciudadanía mantener la distancia y disminuir la actividad social, AMLO besaba y abrazaba a sus seguidores no sólo ante la multitud presente, lo hacía frente a las cámaras que transmitían esa conducta hacia millones de televidentes.

Para el 18 de marzo 2020, México superaba los 100 casos registrados de Covid-19 y al día siguiente, 19 de marzo, ya se habían superado los 164 casos. Fue ese mismo miércoles 18 de marzo, cuando AMLO en una de sus acostumbradas conferencias “mañaneras”, ante el asombro de la audiencia, se refirió a sus estampitas y amuletos como su “escudo protector” contra la Covid-19. “El escudo protector es como el detente… el escudo protector es la honestidad, eso es lo que protege, el no permitir la corrupción es lo que protege… ¡detente enemigo!, que el corazón de Jesús está conmigo”, expresaba como diciéndolo al virus. En ese extraño episodio, el Presidente de México también mostró un billete de dos dólares que, según expresó, se lo dio un migrante, y habló de un trébol de cuatro hojas mientras lo buscaba, aunque no lo encontró.

Para el 23 de marzo, México registraba más de 300 casos de Covid-19, y en esas fechas AMLO aseguraba que la población debe “salir de su casa”, exhortándolos a “salir a comer y llevar a la familia a los restaurantes y a las fondas”. Aun con cientos de casos registrados, y contra las recomendaciones de miembros de su gabinete, el mandatario se negó a ordenar el cierre de fronteras.

Para la Licenciada en Psicología Clínica, Paola Guerra Bonilla, “lo que se ha visto en López Obrador es un mecanismo de defensa de negación, al afirmar que no es nada serio, y aun teniendo casos positivos de Covid-19 continuaba invitando a la gente a salir de sus casas sin tomar distanciamiento social”. “Por ejemplo, los actos públicos en los que saca amuletos religiosos o de buena suerte, se respeta las creencias, pero no demos caer en la superstición y decir que por un amuleto vamos a parar una pandemia como la de Covid-19”, señala la psicóloga.

En cuanto a las conductas visibles del mandatario mexicano, Guerra resalta que “entre los rasgos de un posible trastorno que se aprecian en sus discursos es la desorientación que muestra, la forma en que los discursos no llevan una coherencia, cuando está hablando y de repente se queda callado, como si estuviera pensando en otra cosa, como que no está orientado en donde se encuentra o en lo que está haciendo o lo que está hablando”, afirma la psicóloga, y advierte que “por profesionalismo, no se puede emitir un diagnóstico sin entrevistas y sin hacer más pruebas, pero en forma general se pueden apreciar algunos rasgos de demencia senil”.

Además, la profesional guatemalteca agrega que las decisiones del Presidente de México “afectaron a los países vecinos, al negarse a cerrar aeropuertos y fronteras”.

El 29 de marzo 2020, se celebraba en Sinaloa el cumpleaños de Ovidio Guzmán, hijo del Chapo Guzmán, líder del Cartel de Sinaloa. Ovidio es recordado por la población mexicana tras el incidente llamado el “Culiacanazo”, cinco meses antes, que comprometió a las fuerzas de ejército mexicano con dicha organización criminal internacional. Esto es relevante porque en plena pandemia en México, ese mismo día, AMLO se encontraba en Sinaloa y, en total desprecio a las medidas de prevención, saluda con la mano a la madre del Chapo ante la vista de todos.

Ese mismo 29 de marzo, en medio de un ambiente de crítica, finalmente AMLO pide a la población quedarse en casa. Sin embargo afirma que “el coronavirus no es la peste”, y procede a señalar a la oposición, mediante comentarios como “los conservadores quieren que yo me aísle para conducir el país ellos”. Es una constante en los discursos de AMLO, atribuirle a la oposición política los intereses detrás de toda crítica y disidencia.

El 2 de abril 2020, AMLO dijo que estaba “optimista”, que “hay quienes se someten a lo que quisieran los organismos financieros internacionales porque ellos siempre ganan… en crisis”. Además, el mandatario mexicano exhortó a que “no nos dejemos apantallar” y afirmó que el Covid-19 le vino a México “como anillo al dedo”.

Para el Psicólogo José Luis Harb, otra de las consideraciones que se deben hacer a la hora de analizar este tipo de personalidades, es identificar qué es de lo que carecen estas personas. “Estas personas carecen de empatía, por ejemplo, no tienen la capacidad de ponerse en el lugar del otro. Es decir, cuando hablan, cuando están dando una orden, una instrucción, no están midiendo lo que pudiera esto tener en términos de reflejo y de consecuencias en las otras personas. Hay muy poco, una carencia total en algunos casos, o por lo menos índices muy bajos, de lo que debería ser la empatía”, explicó el terapeuta.

Ante el constante desatino del mandatario mexicano, varias celebridades se pronunciaron públicamente en contra de la actitud del gobierno de López Obrador frente al Covid-19, entre ellos la actriz y cantante Thalía, la estrella de fútbol Javier “Chicharito” Hernández, y el reconocido comediante Eugenio Derbez.

Por su parte, AMLO, el 9 de abril del 2020 en una conferencia a la prensa en el Palacio Nacional, acusó una campaña de desinformación orquestada por sus adversarios “los conservadores”, que “como ya no les da, van escalando, buscan a personalidades más reconocidas que los columnistas, que los conductores de radio, que los intelectuales, que con todo respeto los intelectuales orgánicos no son muy conocidos, lo que necesitan es contrarrestarnos con personalidades que tienen un reconocimiento colectivo”.

El titular del Ejecutivo en una clara alusión a Chicharito, expresó que “últimamente provocan entrevistas, con un personaje del deporte, para que opine mal, que por cierto nunca se había metido a hablar. Me caía muy bien… bueno, me sigue cayendo bien, porque no opinaba. Incluso antes otros opinaban en lo político y éste se había mantenido con mucha prudencia”. De igual forma AMLO aludió a Thalía y a Derbez: “Luego una artista conocidísima y respetable, se las dejo también de tarea. Es un esquema general, ahora un comediante también muy conocido, con talento, que no diría utilizado, pero también forma parte de la estrategia”.

El presidente mexicano ha recurrido públicamente a sus amuletos y talismanes como forma de protección ante el Covid-19. Ilustración: PB

Si bien Harb aclara que “no se pueden hacer diagnósticos a distancia”, resalta que otra de las características fundamentales para identificar este tipo de trastornos, “es que no hay autocrítica, pareciera que la persona no se equivoca, y cuando se ve en la evidencia de que se ha equivocado, la culpa no es de él, sino de otro, tiene una tendencia a desplazar inmediatamente la culpabilidad, en vez de reconocer que él es la persona que se ha equivocado”. “Lo que hace es echarle la culpa a otra persona, a otro organismo, a otra circunstancia o inclusive al destino, o a cualquier otra variable que sea independiente y que no tenga que ver necesariamente con lo que él hace”, explica el experto en Gestión Emocional.

El viernes 8 de mayo 2020, en otra desafortunada conferencia mañanera, el jefe del Ejecutivo federal de México, después de desacreditar las opiniones de ex secretarios de Salud, tildándolos de actuar por “intereses partidistas”, y aseguró que “antes los médicos sólo buscaban enriquecerse”. “Llegaba el paciente, ‘¿qué tienes?’ –le preguntaba. ‘Me duele acá, doctor’ –respondía. ‘No, ¿qué tienes de bienes?’”, expresó el mandatario.

Los comentarios denigrantes, de ridiculización y burla, emitidos por AMLO, desataron el repudio de una gran cantidad de colectivos de médicos, que respondieron en distintos pronunciamientos y comunicados, entre ellos, el de la Asociación Mexicana de Cirugía General, que afirmó que las expresiones del Presidente de la República “ofenden al gremio médico y contribuyen a generar un ambiente para más agresiones físicas y verbales”. Así mismo, el Consejo Mexicano de Ortopedia y Traumatología, dijo que es inadmisible que la medicina sea “ridiculizada y tratada como un argumento político por el Presidente”, y recordó que se trata de una profesión exigente en su formación y especialización. Por su parte, el Colegio Mexicano de Medicina Crítica, calificó lo dicho por el mandatario como una ofensa y calumnia “a todo el gremio médico”, que “daña su integridad ética, moral y profesional” y “genera un ambiente adverso en la sociedad” para los profesionales de la salud.

A estos enunciados de rechazo hacia Andrés Manuel López Obrador, se sumaron otras gremiales de especialistas como la Sociedad Mexicana de Cirugía Pediátrica; la Asociación Nacional de Otorrinolaringología; la Asociación Mexicana de Colegios de Especialistas en Cirugía General; el Colegio Mexicano de Pediatras Especialistas en Inmunología Crítica y Alergia; el Colegio Mexicano de Neumólogos Pediatras; y el Consejo Mexicano de Medicina de Urgencia; entre muchas otras que expresaron sentirse defraudados por el Presidente de su nación.

Días después, López Obrador pidió disculpas al gremio de médicos y aseguró que “se tergiversaron mis palabras”, negando el sentido original de un mensaje presidencial que fue transmitido a todo México.

Bolsonaro y un gobierno contradictorio

Si bien Bolsonaro enfrenta un escenario político-social tenso y complejo, con un gobierno bajo la constante acechanza de grupos de ONG que responden a las directrices emanadas desde Naciones Unidas y su cada vez más señalada OMS, es innegable que el curso que ha tomado su mandato durante la pandemia ha cobrado una gran cantidad de vidas, ubicando a Brasil entre los países con más muertes por Covid-19 en el mundo .

Jair Bolsonaro, como Presidente de Brasil, el 13 de marzo del 2020 dio a conocer que salió negativo de la prueba de Covid-19, mediante una publicación en Facebook en la que se muestra haciendo un gesto para muchos considerado obsceno y desafiante.

Aunque el 25 de febrero del 2020 se registró el primer caso de coronavirus en Brasil, un mes después, el 24 de marzo 2020, Jair Bolsonaro da un mensaje público y acusa a los medios de comunicación de fomentar miedo, minimiza el impacto de Covid-19 y le llama “gripecita” o “resfriadillo”, al tiempo que critica medidas en otras ciudades, oponiéndose al cierre del transporte público y al cierre de escuelas, entre otras restricciones recomendadas.

Al día siguiente, el 25 de marzo, se produce un enfrentamiento público entre el gobernador de Sao Paulo, Joao Doria, y el presidente Bolsonaro, durante un encuentro convocado por los 27 gobernadores brasileños para determinar los rumbos políticos del país, luego de la crisis generada por la postura presidencial de oponerse a las medidas de restricción de la circulación y de la actividad económica.

El 7 de abril, en Brasil se reportaban más de 12 mil casos positivos de coronavirus y el número de muertos por Covid-19 alcanzó los 553. En medio de esta crisis, trasciende una pugna a lo interno del gobierno, entre el presidente Jair Bolsonaro y su Ministro de Salud Pública, Luiz Henrique Mandetta , quien contradijo la gestión presidencial en torno a la pandemia, se aferró a las recomendaciones de la OMS y defendió que para la economía era mejor evitar el colapso de la red hospitalaria. Jairo Bolsonaro se refirió públicamente a Mandetta y pidió que “él cuide de la salud y yo de la economía”, y expresó que a Mandetta le está “faltando humildad para conducir a Brasil en este momento”.

A criterio de la Psicóloga Paola Guerra, la personalidad autoritaria también puede tratarse de mecanismos de defensa, “son estrategias psicológicas inconscientes que el humano refleja para hacer frente a la realidad sin que se vea afectada su autoimagen, que en ese sentido, al ser figuras públicas, no quieren que su imagen se quede en cuestionamiento y por eso utilizan este tipo de mecanismos, ser autoritarios en lo que ellos quieren transmitir al pueblo y no ponerse empáticamente en el papel de los ciudadanos y cómo les está afectando la enfermedad, la falta de seguridad, la falta de protocolos de salud, etc.”

El Presidente de Brasil ha optado por remover al jefe de Salud de su gobierno ante las diferencias de criterio en el manejo de la pandemia. Ilustración: PB

Tras varias desavenencias y con una relación cada vez más tensa, llegando al punto de cuestionar la formación científica de Mandetta, el 14 de abril, con el registro de más de 30,400 contagios y 1,924 muertes por Covid-19, el presidente brasileño decide destituir al jefe sanitario de Brasil.

Las contradicciones del gobierno brasileño en medio de la emergencia, han generado confusión en la población y provocado conflicto a lo interno del gabinete de Bolsonaro. La situación ha llegado a tal punto que el general del Ejército y jefe de gabinete, Walter Souza Braga Netto, asumió un rol tan decisivo en la respuesta a la pandemia, que hasta algunos medios internacionales calificaron su toma de espacios de poder como un “golpe blando”; mientras que la prensa brasileña habla de fuertes tensiones en el gobierno y evidentes diferencias entre el Presidente y algunos miembros de las fuerzas armadas.

La inestabilidad del gobierno de Bolsonaro ha sido aprovechado por sus adversarios políticos. El ex presidente, Lula Da Silva, condenado por corrupción, afirmó en una entrevista que Jair Bolsonaro no tiene la estatura psicológica y advierte que o renuncia o enfrentará un impeachment o juicio político, un procedimiento legal que en la Constitución de varios países de Latinoamérica se establece para remover al presidente en circunstancia determinadas y, en algunos casos, la ley contempla la incapacidad mental de la persona como causa razonable.

Por su lado, el gobernador de Sao Paulo, ha señalado que Bolsonaro está desconectado de la realidad y enfatizó que no es razonable que llame a la población a salir de sus casas, lo califica como una profunda irresponsabilidad y falta de respeto al ser humano. El gobernador de dicha ciudad concluye que Bolsonaro “no está con las facultades mentales en plenitud para poder liderar el país”.

Lenín Moreno, de la pasividad al regaño

Ecuador es probablemente el país latinoamericano con los efectos más dramáticos de la pandemia, para el 29 de mayo se registraban 38,500 casos acumulados de Covid-19 y más de 3,300 muertes atribuidas a esa enfermedad, y desde abril, circulan reportes que señalan que las autoridades han tenido que recoger de las calles cientos de cadáveres, presuntamente por la misma causa.

La ciudad de Guayaquil es el epicentro de la crisis sanitaria por el Covid-19, la red hospitalaria ha colapsado, las morgues se rebalsan y docenas de familias han tenido que sacar los cadáveres de sus allegados a las calles.

Mientras varias voces de gobierno señalan como causa de la tragedia, que la población no haya hecho caso a las recomendaciones, existen claros indicios de que fue el propio Gobierno el que generó confusión desde el inicio de la epidemia en Ecuador, por ejemplo, cuando autorizó que se reabrieran los balnearios y centros vacacionales por unos días a partir del 9 de marzo 2020, aun cuando al día anterior ya se registraban 15 casos positivos de Covid-19 en el país.

El presidente de Ecuador, Lenín Moreno, desde una silla de ruedas y con una característica forma reiterativa de hablar, ha pasado de mostrar públicamente un carácter pasivo, a uno de constante frustración y recriminación directa a la población, mostrando imágenes en sus mensajes presidenciales que buscan demostrar que es responsabilidad de la ciudadanía la situación del Covid-19.

El 29 de febrero 2020 se reportó el primer caso de Covid-19 en Ecuador, al día siguiente, 5 más, del núcleo familiar del primer caso. El 4 de marzo del 2020 el Ministerio de Salud informó de tres casos más, con los que la cifra llegó a 10, y para el 8 de marzo ya sumaban 15 positivos de Covid-19. Lejos de declarar Estado de Emergencia, el 10 de marzo del 2020, el Presidente anunciaba la visita de una comisión extranjera para grabar un programa de entretenimiento televisivo.

Sin embargo, ese mismo 10 de marzo 2020, el presidente Moreno se dirige a la población y aborda el tema del Coronavirus, pero responsabiliza a los gobiernos anteriores por la falta de reservas, “nos golpeó sin un centavo en las cuentas del Estado”, pero asegura que los sectores más necesitados nunca se verán afectados, “ellos nunca se verán afectados”.

La OMS declara la pandemia mundial el 11 de marzo, y ese mismo día el presidente ecuatoriano advierte de sanciones a quienes incumplan las medidas, que incluyen no eventos masivos, religiosos, deportivos. En el mismo mensaje, las palabras del presidente fueron seguidas por las de la Ministra de Salud Pública, Catalina Andramuño, quien afirmó que el gobierno actuó con base a las recomendaciones de la OMS e introdujo el enfoque de la corresponsabilidad de la ciudadanía.

Para el 15 de marzo, con 37 casos positivos, el mensaje presidencial arranca con una llamada de atención, “no puede ser posible que el día de hoy, de manera irresponsable, 104 buses que partieron de Babahoyo y pretendían llegar a Salinas, imagínense el contagio que se podía haber generado…”, y advierte que “tengan la certeza de que los responsables serán sancionados”. Moreno resaltó la tarea y responsabilidad de no contagiarnos y de no contagiar a otros, y refiere al Ministerio de Salud como fuente emisora de las normas para evitar el contagio. Así mismo resalta un llamado a que “rompamos la cadena de generación de pánico, cortemos la cadena y contrastemos con la información de la autoridades competentes”.

Mientras Guatemala declaró Estado de Calamidad antes del primer caso reportado de Covid-19, y se suspendieron las clases tras el primer positivo, y El Salvador cerró las fronteras después del primer caso, en Ecuador, no fue sino hasta el 16 de marzo 2020, dos semanas después del primer caso, ya con 58 casos de Covid-19 acumulados, que el presidente Lenín Moreno toma la decisión de declarar Estado de Excepción y suspende las actividades del sector público y privado, con las excepciones de servicios e industrias imprescindibles, y restringe la locomoción alternando las terminaciones de las placas con algunos días de la semana para circular. “Como gobierno hemos frenado los contagios de importados, nadie que esté contagiado entrará por nuestras fronteras. Ahora debemos frenar el contagio interno. ¿Cómo? no saliendo, no teniendo ningún contacto con otros”, afirmó el presidente ecuatoriano.

El 18 de marzo 2020, el presidente Moreno difunde un mensaje en tono nostálgico y expresa que ahora está “teletrabajando” desde su residencia y menciona que en esta situación, un adulto mayor como él, y que tiene una discapacidad, “debe tener más cuidado”.

El 21 de marzo dimite de su cargo la Ministra de Salud de Ecuador, Catalina Andramuño, en cuya carta de renuncia establece que deja la cartera por imposiciones de personal que no conoce de Salud y por no contar con los recursos económicos para enfrentar esta pandemia. Al igual que los casos de AMLO y Bolsonaro, el gabinete de gobierno de Lenín Moreno manifiesta un conflicto interno por la forma en que el presidente está manejando la emergencia.

El 23 de marzo, el presidente vuelve a responsabilizar a la ciudadanía, llama la atención a la población y exige un mayor esfuerzo, “más disciplina, más disciplina” (…) “no piensen sólo en ustedes” (…) “basta ya, no más irresponsabilidad”.

Al día siguiente, 24 de marzo, Moreno sube de tono la llamada de atención y presenta al público un vídeo que muestra a un individuo supuestamente desobedeciendo las medidas y huyendo de la autoridad. El presidente llama “terrorista y criminal” a quien incumpla el toque de queda.

Para el 31 de marzo 2020, el sistema de salud de Ecuador, principalmente Guayaquil, ha colapsado, y los regaños del presidente empiezan a generar molestias, algunos analistas comienzan a hablar de la posibilidad de que el presidente Moreno sufra de bipolaridad o algún otro desequilibrio mental.

Para Harb, otro aspecto fundamental a considerar es el doble discurso. “Uno es el discurso que tienen hacia adentro y otro es el discurso que tienen hacia afuera. Hacia fuera tratan de demostrar mucho poder, mucha seguridad aparente, con todas las debilidades que se perciben al respecto, pero en la intimidad muchas veces son muy frágiles, tienen una personalidad muy endeble. Se dice que quienes más autoritarios son, en el fondo tienen ciertos rasgos de cobardía personal que muchas veces es ocultada o traspasada, por justamente este mecanismo defensivo de la conducta autoritaria”, señala el especialista en coaching emocional.

El 2 de abril 2020, el presidente Lenín Moreno asegura que hizo un llamado a transparentar la información, “por dolorosa, por dolorosa que sea…”, y reconoce que “los registros oficiales se quedan… se quedan cortos”. Afirma que el virus ha probado ser de mortalidad de 4.9 por ciento, “en Ecuador es todavía de 3.4 por ciento”.

El presidente ecuatoriano ha optado por desplazar la culpabilidad a la ciudadanía. Ilustración: PB

El 3 de abril 2020, el presidente de Ecuador, después de reconocer el esfuerzo de la población, vuelve a responsabilizar a los ciudadanos y anuncia limitaciones mayores a la circulación. “Veo con mucha preocupación que lo estamos dejando de hacer en el momento más crítico”(…) “No todos, no todos están haciendo bien las cosas”, y presenta una plataforma digital de uso exclusivo del gobierno en la que “podemos ver personas inconscientes en unos casos o irresponsables en otros, a pesar de haber salido positivo en las pruebas o de ser sospechosos de tener coronavirus, salen de sus casas e incumplen su cuarentena” (…) “amenazan a sus familias” (…) “dejan un estela mortal”. Moreno, apuntando hacia la pantalla que mostraba un mapa de calor, califica el actuar de miles de ciudadanos como “inaceptable”, afirma que “ya basta” (…) “están matando a otros ecuatorianos” (…) “¡qué irresponsabilidad!, ¡qué indolencia!”, exclamó.

La situación de Ecuador ha llegado una situación tan crítica, que algunos congresistas, al momento de analizar las actuaciones de Lenín Moreno, recuerdan el caso de otro presidente ecuatoriano, Abdalá Bucaram Ortiz, quien fue destituido en febrero de 1997 por el Congreso Nacional, alegando “incapacidad mental para gobernar”, tras multitudinarias marchas ciudadanas que exigían la renuncia del mandatario.

Ortega, del amor en tiempos del Covid a una misteriosa desaparición

Desafortunadamente, no se cuenta con una secuencia de apariciones públicas que acompañen las decisiones gubernamentales en Nicaragua, tomadas desde la hermética presidencia de Daniel Ortega, junto a su vicepresidente y esposa, Rosario Murillo.

Sin embargo, puede comprobarse que cuando la OMS y las naciones con más tiempo en la pandemia, recomendaban aislamiento y distanciamiento social, el gobierno de Nicaragua convocaba primero a una multitudinaria marcha llamada “amor en tiempos del Covid-19”, que se llevó el 14 de marzo 2020, y luego a la celebración masiva del Carnaval de Verano 2020. Además, el gobierno promovió los festejos masivos para la Semana Santa y posteriores marchas temáticas del Covid-19.

Después de su participación el 13 de marzo en la Conferencia del Sistema de Integración Centroamericana (SICA), junto a los presidentes de la región, para discutir los esfuerzos en conjunto para afrontar la pandemia, el presidente Daniel Ortega súbitamente se retiró de toda escena pública.

Transcurridas varias semanas desaparecido, se acrecentaron los rumores de que Daniel Ortega estaba enfermo o muerto. Algunos opositores al gobierno sandinista dieron un plazo de 72 horas antes de accionar judicialmente para declarar el abandono del cargo.

De acuerdo con Harb, psicoterapeuta, “el caso es emblemático sin lugar a dudas, una persona desaparece de la escena pública muchísimo tiempo y no da ninguna explicación razonable, coherente. Porque veintiuno o veinticuatro días, no sé cuánto fue, es un tiempo bastante grande para un hombre público y para la primera figura de un determinado país, entonces no cabe duda que hay un altísimo grado de autosuficiencia en esa persona que considera, en una actitud narcisista, que ni siquiera merecen una explicación sus dirigidos sobre qué estuvo haciendo todo este tiempo y sale, de manera oronda, y se introduce en una actividad prácticamente cotidiana de la vida política y no da una explicación». Para el especialista, “esto demuestra muchas veces esa falta de empatía, esa falta de comunicación con el otro, tiene que ver con una omnipotencia del poder”.

El 15 de abril del 2020, casi un mes después de su última aparición pública, Ortega junto a su gabinete de gobierno, reapareció en una transmisión en vivo por televisión e internet. En su discurso, en el que pasaba de un tema a otro sin aparente relación, se refirió a la emergencia sanitaria, “desde que se declaró la pandemia el 11 de marzo, hasta hoy 15 de abril, en Nicaragua tenemos reportadas 1,237 personas fallecidas, de todas ellas, una por el coronavirus”, aseguró el mandatario.

Ortega exaltó la respuesta de Nicaragua a la emergencia, “en este pequeño territorio donde, bueno, enfrentamos la pandemia, con nuestros recursos limitados, con mucha paciencia, con mucha disciplina, con mucha abnegación de los trabajadores de la salud, con mucha participación ciudadana, con mucha entrega del ejército y de la policía resguardando la seguridad y la integridad territorial, hemos estado librando la batalla”, dijo.

En su reaparición Ortega resaltó que “aquí lo importante es que se ha seguido trabajando, y nuestro pueblo guardando de manera muy consciente y disciplinada las normas que va dictando el Sistema de Salud, y esto se multiplica por todos lados, no solamente transmitiendo las normas por los medios de comunicación si no que llegando a visitar casa por casa, para explicarle con el folleto a la familia de como protegerse de esta pandemia”, y aseguró que “eso es lo que explica por qué la pandemia ha avanzado lentamente, no es que no haya entrado a Nicaragua, claro que entró y ya provocó un fallecido, pero su avance ha sido lento y todos vienen por contactos de fuera”.

Así mismo, el mandatario nicaragüense afirmó en televisión que la pandemia es un mensaje divino al mundo. “Es una señal de Dios que nos está diciendo, ustedes van por mal camino, gastando miles de millones en bombas, en armamento atómico, en bases militares, en alianzas militares. Está bien el ejército para resguardar la soberanía y la territorial y la seguridad del país, la policía está bien, pero ya esas fuerzas transnacionales que están ambicionando el dominio de todo el planeta, eso es pecado”, exclamó Ortega.

La Psicóloga Guerra resalta en este caso que “Ortega tiene a Nicaragua bajo un régimen autoritario, pudiera ser un mecanismo de defensa para su autoimagen porque él no permite que le contradigan, lo critiquen o le digan que está mal, al punto que su gobierno declara las muertes por neumonía atípica. Las aglomeraciones no son recomendables y desde Semana Santa viene haciendo marchas por el tema del Covid-19”.

La pareja presidencial de Nicaragua han promovido las marchas multitudinarias con temáticas desafiantes relacionadas al Covid-19. Ilustración: PB

De acuerdo a las apreciaciones del Dr. Nery Ortiz, Psiquiatra, “la persistencia en una idea que los demás consideran equivocada puede sugerir incluso el que se trate de una idea delirante”, al tiempo que señala que los 4 gobernantes mencionados anteriormente, “parecen estar tomando decisiones opuestas a lo que los pobladores de sus países esperan, incluso sus propios gabinetes no los han apoyado, lo cual evidencia que interpretan la realidad de manera diferente al resto de personas que los rodean dentro del mismo grupo cultural”.

A criterio de Ortiz, esta apreciación diferente de la realidad, lleva a los gobernantes “a tomar decisiones que se oponen a las expectativas de la mayoría e ir en contra de las recomendaciones internacionales, se muestran inflexibles e incapaces de cambiar de dirección o lo hacen con mucha dificultad, esto sugiere un funcionamiento errático con respecto a las responsabilidades que su cargo exige y mucha rigidez en su pensamiento y acciones”. “No son capaces de considerar opciones más viables, ni siquiera por mejorar su imagen o ganar popularidad, lo cual habla de un patrón rígido de conducta, lo que se ha evidenciado incluso antes de la emergencia del COVID-19”, explicó.

Por todo lo anterior, “podríamos pensar que presentan un Trastorno de la Personalidad, con ideas que rayan en lo delirante”, concluye el especialista en Salud Mental.

En Guatemala…

Si bien el gobierno presidido por Alejandro Giammattei tomó medidas que pueden calificarse como oportunas, declarando Estado de Calamidad incluso antes de tener reportado el primer caso público de coronavirus en el país, con el paso de los meses, el Presidente de la República ha empezado a mostrar signos de un mal manejo del estrés, con una actitud intolerante hacia la crítica, generando tensión innecesaria en la relación con la prensa y causa exabruptos públicos del mandatario, lo cual desgasta su grado de credibilidad y aceptación por parte de la ciudadanía.

Se han reportado episodios en los que el mandatario guatemalteco se contradice en eventos públicos y en cadenas nacionales. Inicialmente, el presidente Giammattei afirmó que no era necesario que todas las personas usaran mascarilla, y semanas más adelante declaró el uso de mascarilla obligatorio en todo el territorio nacional.

Posteriormente, el 24 de mayo, tras haber restringido libertades a los ciudadanos sin previo aviso, el Presidente de Guatemala advirtió en un mensaje que “si los casos siguen en aumento, nos vamos a ver en la necesidad de cerrar el país por 15 días”. Después de que los casos continuaran aumentando y empezaran a circular, a partir del mensaje presidencial, rumores de un posible cierre total del país por ese período de tiempo, y que las críticas de diversos sectores no se hicieron esperar en torno a esa posibilidad, el presidente Giammattei exclamó en cadena nacional que “circuló que íbamos a cerrar el país por quince días, miren, no crean lo que no salga de nuestra boca. Si yo voy a cerrar el país quince días, lo diría, pero no es cierto, simple y sencillamente no es cierto. No era inminente el cierre como algunos medios lo trataron de decir, no hay inminente nada”.

La inestabilidad emocional del mandatario guatemalteco, probablemente tenga el mayor impacto en su relación con la Prensa nacional. Después de una serie de incidentes y roces con periodistas, sin importar que como presidente electo se haya comprometido a integrar un Consejo de Estado representativo de los diversos sectores de la sociedad, ahora Alejandro Giammattei ha preferido no convocar a dicho espacio de diálogo nacional a ninguna de las organizaciones de Prensa como lo son la Asociación de Periodistas de Guatemala (APG), el Círculo Nacional de Prensa (CNP), y la Cámara Guatemalteca de Periodismo (CGP), entre muchas otras que han quedado al margen de las primeras sesiones.

De igual forma, resulta preocupante la creciente rotación de funcionarios de alto nivel dentro del gabinete de gobierno.

Con una actitud agresiva y discriminatoria hacia la prensa nacional, el presidente guatemalteco manifiesta su emotiva intolerancia hacia los cuestionamientos y la crítica. Ilustración: PB

Lo anterior podría encontrar sentido en una explicación de Harb en torno a las personalidades que giran en torno a la mitificación del poder: “Son personas que buscan y viven de la admiración, son absolutamente intolerantes y les parece insoportable cualquier tipo de crítica, y bajo cualquier pretexto, ponen en duda tu lealtad, no ponen en duda tu eficiencia, no ponen en duda tu capacidad, ponen en duda algo que es muy subjetivo, que es la lealtad.”

Es innegable que la gravedad de una pandemia mundial representa una considerable carga adicional al liderazgo del primer mandatario, en un sistema presidencialista que ya arrastra históricamente varias falencias en Latinoamérica, pero existen dos lecciones en esta experiencia que no debemos pasar por alto: La primera es la impostergable necesidad de incluir en la legislación de los distintos países, específicamente en los planes nacionales de emergencia, el apoyo psicológico  obligatorio y permanente para los jefes de Estado; y segundo, los ciudadanos somos responsables de elegir bien, tomando en cuenta entre los liderazgos disponibles, aquellos que muestren un mayor equilibrio mental y balance emocional, no tanto en sus discursos, más bien en las actitudes que manifiestan frente a ambientes y circunstancias no controladas.

Hemos aprendido entonces, gracias al fenómeno mundial del Covid-19, que el ámbito mental y emocional de un mandatario, puede ser cuestión de vida y muerte para los ciudadanos y, por lo tanto, más que un asunto personal, debe ser abordado como un asunto de Estado.

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