CUANDO EL GRINGO CHAPEA

NO HAY CHICHICASTE QUE AGUANTE


COLUMNAS adn

He llegado a comprender que el dolor del pasado y el miedo al futuro, son cárceles mentales que nos privan del hoy, así como instrumentos de engaño que algunos usan para quitarle a otros el poder de construir su presente.

Cuando pienso en la vida de miles de mexicanos y centroamericanos en Estados Unidos, a quienes el gobierno les ha negado la legalidad, que pasan sus días entre la angustia y la congoja mientras se ganan el sustento para sus familias, haciendo los trabajos más duros disponibles en el mercado laboral informal; se me hace un nudo en la garganta. Segundos después, reflexiono sobre las razones y motivos de esa realidad y la emoción se vuelve flema y termino escupiendo el gargajo.

Nadie puede negar el poderío de los Estados Unidos de América, ni los valores que han predicado al mundo desde hace siglos y que los ha proyectado como el país de la libertad y de la oportunidad. El nivel de organización y de capacidad de ejecución que expone tan impetuosa nación no es nada menos que admirable. Su impresionante infraestructura, sus sistemas internos de salud, justicia y seguridad, funcionan con eficiencia para una gran mayoría. Sus avances científicos e innovaciones tecnológicas han cambiado nuestra forma de ver el mundo y de vivir. Qué empresario no desea la oportunidad de poder vender sus productos y servicios a tan atractivo mercado; qué padre o madre no desea llevar, aunque sea por unos días y con mucho esfuerzo y ahorro, a sus pequeños a pasear a Disneylandia; o qué familia, con medios suficientes, no quisiera enviar a sus hijos a estudiar a una de sus prestigiosas universidades. En fin, el gran país del norte ofrece vastas experiencias maravillosas para todo aquel que pueda pagarlas.

Es tanto lo que el virus del anhelo del sueño americano ha penetrado por generaciones la psiquis de nuestros jóvenes y niños, que han crecido significativamente las olas de migración hacia el territorio estadounidense. Seres humanos que sin importarles el peligro, arriesgan todo, dejan atrás su tierra, su hogar y sus familias, por alcanzar esa película mental que les vende ideas de progreso, de superación y de un final feliz; que puede terminar en la cárcel, la deportación, la muerte y, algunas veces, en ese mal definido concepto llamado éxito.

Los pobladores de países como el nuestro, hemos aprendido a ver al gigante Tío Sam, con una mirada que se funde en una mezcla de admiración, confusión, respeto y miedo; además de una sensación permanente de estar siendo vigilados. Y es que hemos visto también su dureza, sus implacables fuerzas armadas, su tendencia a intervenir en los asuntos internos de otros países para impulsar su agenda internacional. No hablamos del pueblo estadounidense, sino de quienes dirigen sus gobiernos y sus poderíos económicos. Una potencia tal, que pocos se atreven a cuestionar su política exterior y su verdadero nivel de compromiso con los derechos humanos en el planeta. Por qué si construyeron esa gran nación superando las diferencias y aprendiendo a unirse a partir de la diversidad, aplican hacia otras naciones el nocivo principio del “divide y vencerás”.

No se tomen estas palabras como una queja. Nuestra gente hace lo que tiene que hacer para salir adelante. Si es de limpiar sus baños, lo hacemos como si fueran los nuestros; si es de trabajar los campos y cargar costales o de levantar paredes y trabajar en los techos de sus rascacielos, somos países de fuertes campesinos y albañiles.

He escuchado que en aquel mercado se han ganado cierta preferencia los jardineros guatemaltecos y mexicanos, pero la verdad es que el gringo corta el pasto como pocos. Sabe eliminar muy bien la maleza de los campos. Para comprender esta realidad, basta con ver de cerca lo que ocurre en Guatemala desde que se desató la crisis política a mediados del 2015.

Lo que empezó como un despertar ciudadano, que llevó a una limpieza en el gobierno y a una exigencia popular por reformar el sistema, terminó mutando en una depuración externa de la clase política, en un tratamiento especial para las elecciones “democráticas” obligadas y una aplaudida poda en el Congreso.

Ahora ha llegado el turno del Ejército, y Guatemala vuelve a partirse en dos, y mientras la izquierda y la derecha se acusan mutuamente en similar fervor, la poda avanza, arrancando las matas de raíz, con el rastrillo del dolor del pasado en una mano y el machete de un futuro peor en la otra. Así es como el gringo chapea su patio trasero.

A qué Presidente de país chiquito, sea por valiente o por tonto, se le ocurriría faltarle el respeto a los tatascanes canches y preguntarles por qué no combaten el narcotráfico desde su demanda interna y no desde su paso por nuestras tierras. No, lo políticamente correcto es resignarse a extender la mano para recibir las dádivas condicionadas al tiempo que se les ruega por un TPS para los nuestros. Al final de cuentas, el sueño, no es realmente para todos los americanos.

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