CUANDO SE ASESINA LA VERDAD JURÍDICA

DANILO ROCA OPINA
Edición: 55
daniloroca08@gmail.com

Hace más de cuatro años, en distintas publicaciones, y especialmente aquí en los espacios de Revista Perro Bravo, hacía clara advertencia de los riesgos que imponía LA JUDICIALIZACIÓN DE LA POLÍTICA Y LA POLITIZACIÓN DE LA JUSTICIA.

Dada la trascendencia del tema, me invitaron a disertar sobre esa posibilidad creciente, que ya anunciaba su estruendoso nacimiento, y a compartir las señales de su amenazante nacimiento, labor que realicé en distintos foros tanto en nuestro país como en el extranjero .

Ahora como si se tratara de algún hallazgo de reciente factura, algunos juristas y observadores críticos, se sienten iluminados al denunciar como elemento fundamental de la crisis que vivimos en Guatemala, ese vicio oportunamente denunciado, sin ponerle ni quitarle una sola letra ni a su título ni a lo que significa y ha significado dicha aberración  que de manera reiterativa hicimos ver en estas páginas, como la más seria fuente de desestabilización para garantizar la ingobernabilidad y confrontación.

Hoy hecha realidad, la premonición, situación que me indigna, nos encontramos en el punto de quiebre, con un sistema jurídico sin soportes éticos que lo sustenten y una clase política dispersa, sin respaldo, seriamente señalada y que de protagonista se transformó en observadora pasiva y con muy poca incidencia en la vida nacional.

La juridicidad del Estado de Derecho gravemente cuestionada, cargando el peso de la sindicación ética y, lo más delicado, políticamente señalada de ser parcial en sus cruciales decisiones.

El sólo hecho de perder la credibilidad en la esencia de sus fallos y resoluciones, deja al país sin la reserva moral que reclama toda sociedad civilizada y jurídicamente organizada.

Y cuando los jueces pierden la legitimidad de sus actuaciones, el edificio social queda a merced de los vendavales de la anarquía, desolación y desesperanza.

En esas condiciones, el caldo de cultivo para el estallido social está servido, preámbulo siempre presente y que antecede a la Dictadura.

¿Qué tipo de Dictadura? … no importa ya su signo ideológico. Puede ser la del proletariado o un remedo de ésta forma de opresión supuestamente colectiva …o bien la del dictador o déspota crudo y llano.

Cualquiera de las dos asesina al Estado de Derecho y desde luego suplantan la Democracia por otra forma de gobierno, donde la ciudadanía es reemplazada por el asambleísmo anárquico y populachero, o por el tirano inflexible e irreflexivo.

Lo único que deja de existir en estas circunstancias, es el ciudadano libre, sujeto a un ordenamiento  jurídico que proteja la convivencia social y garantice sus derechos fundamentales.

Los tribunales perfeccionan y legalizan la represión, los sindicados  son culpables antes de ofrecer su primera declaración,  los operadores de todo ese lúgubre aquelarre (reunión nocturna de brujos y brujas)  como los representantes de la justicia cambian su identidad por la de  justicieros, como instrumentos del sistema que los transforma de honorables juzgadores a tenebrosos e insensibles inquisidores.

El derrumbe de nuestro proyecto de nación,  siempre en inagotable proceso de transición democrática, ha tenido su origen en la incapacidad de la clase política,  reducida hoy, al modesto nivel de sector,  desestructurado y aislado del soporte popular.

De un privilegiado papel de conductor y guía de la acción política de la población, disminuidos al de un grupo más, compitiendo con una dominante sociedad civil, claramente politizada.

Esa Sociedad Civil que ha asumido el espacio dejado  por los partidos políticos,  como aparente vanguardia de las causas más sentidas de la población, haciendo lucir a la dirigencia política, como un mal necesario de la coyuntura, pero de carácter transitorio,  acelerando su bien dirigido proceso de extinción.

Y efectivamente, por la incapacidad de la dirigencia política de privilegiar el diálogo, para dirimir diferendos políticos, consideraron más inmediato trasladarlos al conocimiento de los jueces, amenazando con sentencias al adversario.

La pelea por elegir a los jueces que favorecieran a su facción les permitió impulsar esa amenaza.

La decisión política en manos de jueces que ignoran los fundamentos esenciales del posicionamiento ideológico y político, se transformaron en los estratégicos políticos con decisión judicial, al servicio de los intereses sectarios.

Presa fácil de cualquier otro poder, como el que se instaló en el país y que finalmente, ante una desorganizada y decepcionada población, le dio carta de naturaleza, política y jurídica a la intervención extranjera.

Enfoques y controversias de naturaleza estrictamente partidista ni siquiera de naturaleza ideológica, privilegiando intereses inmediatos de carácter personal o partidista, fueron dirimidos por la judicatura, sin entender que LA POLITIZACIÓN DE LA JUSTICIA Y JUDICIALIZACIÓN DE LA POLÍTICA, garantizaba la destrucción de todo el sistema.

Políticos anticipando decisiones judiciales y jueces tomando decisiones políticas.

El evidente declive y erosión de esa super-estructura de conducción política y social,  progresivamente perdió su capacidad de interpretar y representar corrientes de pensamiento plural, como alternativa democrática,  para ser discutidas y presentadas a la población y convocar el respaldo ciudadano.

La transformación desafortunada de los partidos políticos, en organizaciones creadas solo para las elecciones, les resto la dimensión de causa y definición, que la doctrina les ha atribuido en la intermediación formal, útil y trascedente entre la sociedad y el Estado.

El proceso de grave deterioro que acusó esa instancia fundamental del sistema democrático, dio lugar a que fuera suplantado por otro tipo de organizaciones, reproducidas como hongos alimentados en la humedad y podredumbre que los partidos políticos les proveyó como caldo de cultivo.

Destrozada la representación política de la sociedad en su esencia y razón de ser, la organización de la población para afrontar sus tareas ciudadanas en la integración de la base piramidal que la llevaba a construir proyectos de gobierno, desapareció.

Otros actores se apuntaron y se apropiaron de la discusión política y si esa clase política disminuida a sector por razón del régimen de legalidad, ahora no tendría participación ni refugio si no fuera por su representación en el congreso.

Sin esa instancia para salvar al país, de la grave situación que lo está hundiendo, poco o nada tendrían que hacer en el diseño de los grandes retos y decisiones que tiene que tomar Guatemala en estos momentos de gran prueba institucional.

Una representación estatal, que no corresponde a su representación real en la base de la sociedad, termina transformándose en una carga poco apreciada en el contexto de las decisiones de la sociedad.

Sin Ejecutivo que sea respetado, sin jueces que sean la reserva moral de la sociedad. Dentro del precario Estado de Derecho Republicano que le resta al país para declararse estado fallido, sólo queda el Congreso de la República, como parte de esa trilogía, atacada, desacreditada, pero aún superviviente del sacudido y desfallecido Estado de Derecho.

Algunos refutaran este planteamiento, que no es político si no doctrinario, acreditándole al Organismo Legislativo los pecados de sus integrantes.

Yo apelo a la esencia del legislador no del diputado que hoy ocupa su lugar. Apelo a su responsabilidad histórica en la coyuntura que por la falta de organizaciones políticas que la defiendan, se encuentra colapsada.

La población pareciera estar ausente de la discusión porque su voz ha sido suplantada por los gritos, pocos, pero eficaces, de quienes han sido entrenados para gritar.

Los privilegiados integrantes del foro parlamentario han sido electos para decidir, actuar legalmente en nombre de todos los habitantes de nuestra nación, la reivindicación de ese mandato siempre queda en sus manos y vergüenza cívica.

Antes de retornar de nuevo al anonimato tienen una responsabilidad con Guatemala y su  Estado de Derecho.

¡Odiados o queridos pueden constituir la salvación de la patria¡

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