CUANDO SE PUEDE SUBASTAR A LOS TRABAJADORES

Danilo Roca

Imagínense ustedes, en una sociedad donde el trabajo se pudiera subastar, pero en lugar de ganar la subasta, proponiendo salarios hacia arriba, el ganador fuera aquel que ofreciera sus servicios por el sueldo más bajo.

Señores y señoras, está libre la plaza de contador uno de la empresa, con un salario de 500 quetzales mensuales, quién lo desempeña por menos…..

Yo, por 400, yo por 300 pujaría otro, yo por 200 se oiría otra vos entre los interesados…hasta llegar al más desesperado de todos, que seguramente ganaría, ofreciendo su trabajo por un lugar donde dormir y la comida.

Parece un relato del infierno, pero en el marco de la reivindicadora Revolución Francesa, una ley promulgada por su Asamblea, presidida por Isaac le Chapelier, fue aprobada con el afán de privilegiar la libertad individual, a extremos de confundirla con la Libertad de Empresa. Abolió todos los gremios y asociaciones que representaran intereses propios de cualquier tipo, y prohibiendo a ninguna profesión, la posibilidad de agremiarse, y castigando con cárcel a quien, atendiera demandas que no fueran individuales en cuanto a la libertad de contratar su esfuerzo laboral de la manera que quisiera y aceptara.

Esa ley, que aparentemente fortalecía la libertad individual, frente a la derruida Monarquía, se transformó en un instrumento que se utilizó para legitimar la explotación de los trabajadores a niveles infra-humanos.

La persecución ideal de privilegiar al trabajo como un APORTE SOCIAL, al esfuerzo productivo de  rango igual al del CAPITAL, se transformó en una aspiración colectiva y lejana de los trabajadores.

Los sindicatos y las asociaciones reivindicadoras del trabajo, para no situarlo al nivel de una simple MERCANCIA,  similar o menor al de las materias primas deshumanizadas,  fueron la respuesta a esas pretensiones que llevaban al Ser políticamente libre, a transformarse en un Ser económicamente esclavo.

Y muy contradictoriamente a lo que se piensa, fue en el corazón del sistema capitalista: Los Estados Unidos de América donde la organización sindical y la defensa de los intereses de los trabajadores fue cultivada  con más energía y representación social.

La exacerbación de la Economía de Mercado, en la actualidad, a niveles similares a los de la Ley  Chapelier, ha retornado, a una valoración del trabajo, nuevamente, a nivel de Mercancía, sujeto a las leyes de la oferta y la demanda, como se trata a los bienes de capital y no al trabajo como APORTE SOCIAL, indispensable para la realización, conjuntamente con el capital, de la culminación del esfuerzo productivo.

Esta realidad, se ve fortalecida por la multinacionalización de los capitales internacionales que pareciera que al no tener nacionalidad de origen, adquirieren el rango mesiánico de intocables.

Quizá la muestra más sobrecogedora de esa explotación, legitimada por el sistema, sean las maquilas, que como empresas golondrinas, aceptan la hospitalidad del país que menos prestaciones garanticen para sus trabajadores.

Lo lamentable, que igual que permitía la ley Chapelier, los países facilitan su instalación ofreciendo como incentivo, la nula protección del trabajador, en materia salarial y de prestaciones.

El concepto de Salario Mínimo, en lugar del conocido  como Salario Justo, envilece a niveles infrahumanos la contra-prestación del trabajo, que por el contrario, debiera dignificar al ser humano.

En Ecuador, el concepto de Salario Justo, invitó a las empresas, a que en tanto se aferrarán al Salario Mínimo, por razón de la precariedad salarial, inducía a pensar que no podían tener, lógicamente, repartición de utilidades. Frente a esa disposición readecuaron sus niveles salariales, de manera libre, acercándolos al Salario Justo, que permitió, una consecuente repartición de utilidades y la reivindicación de los trabajadores,  incrementando su capacidad, de participación en la economía de mercado, como producto del incremento de su capacidad de consumo. Todos salieron ganando, y ahora es usual, la aplicación del Salario Justo.

Las Leyes Laborales, establecen mínimos, que usualmente el sector empresarial lo toma como máximos legales, y su naturaleza jurídica esta doctrinariamente diseñada para tutelar en beneficio del trabajador las relaciones sociales de producción.

Sin embargo, en nuestro país, es el mismo Estado el que estimula la explotación de sus propios trabajadores, a quienes negándoles prestaciones reconocidas por la ley, en trabajos normales, permanentes y de tiempo completo, los emplea bajo la simulación de contrataciones por servicios profesionales, eventuales, que tienen que justificar con informes y facturas mensuales, como que no fueran trabajadores regulares, con el sólo afán de restringirles sus derechos a bonificaciones, aguinaldo, vacaciones, jubilación y bono 14, lo que representa una aplicación malvada de aquella Ley Chapelier producto de la revolución francesa, en aparente exaltación de la libertad individual que transformó a los trabajadores en esclavos.

La posición  del empleador del Estado, funcionarios que si gozan de todos los privilegios de sus cargos, frente al necesitado solicitante, lo pone ante la disyuntiva de trabajar sin prestaciones o continuar en la masa crítica de los que no tienen que llevar nada que comer a sus hogares. La respuesta ante esa cínica propuesta, será desde luego…Acepto.

Justamente ahora, la mayoría de quienes tienen esos contratos humillantes pero salvadores de la lipidia, no reciben sus salarios por ausencia de fondos en las arcas del Estado.

A parte de inmisericordemente explotados, vulnerando el principio de igualdad, y notoriamente discriminados, con esa simulación degradante del empleo decente, no están recibiendo ahora, ni siquiera su precario y mutilado sueldo.

Que lo hagan en el sector privado, aquel que privilegia el capital sobre el trabajo, aunque no tenga justificación ninguna, pues la permisibilidad explotadora de nuestro sistema, frente al desempleo, lo tiene que soportar.

Pero que lo haga el Estado, es una vergüenza que nos da vergüenza  a todos, menos a los sinvergüenzas.

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