Daniel Ortega y su eterna pantomima electoral

La abstención de voto fue la medida adoptada por la oposición como rechazo a Daniel Ortega. Foto: La Prensa (Nicaragua)
La abstención de voto fue la medida adoptada por la oposición como rechazo a Daniel Ortega. Foto: La Prensa (Nicaragua)

Desde hace meses era previsible la victoria de Daniel Ortega en las elecciones presidenciales de Nicaragua. Luego de ilegalizar la campaña y participación de la única oposición real y expulsar a los observadores internacionales, el territorio nicaragüense estaba pintado de rojo y negro nuevamente. Con todos los factores a su favor, era cuestión de tiempo que el antiguo comandante sandinista, acompañado de su esposa Rosario Murillo en la vicepresidencia, ganara por tercera vez consecutiva las votaciones.

No hizo falta de mítines ni debates oficiales, ni siquiera de campaña. Las calles de Nicaragua en vísperas de las elecciones nunca se habían visto tan libres de vallas, mupis y publicidad en general. El desenlace ya estaba escrito antes de suceder. A falta de opositores y competencia en las elecciones, la lucha del presidente inconstitucional fue contra la abstención de voto; que según la oposición resultó ganadora.

Las pantomima de las elecciones han evidenciado, como en las anteriores elecciones, la periódica descomposición democrática que sufre Nicaragua. Durante los últimos 10 años, Daniel Ortega ha pervertido y manipulado a su gusto el sistema electoral, al punto de imponer la reelección indefinida, que basándose en la situación de Nicaragua puede llegar a considerarse la amenaza más grande debido al poder impuesto de Ortega. El nombramiento de su esposa Rosario Murillo como futura vicepresidenta es la acción que ha terminado de determinar el abuso de poder que ejerce Ortega en territorio nicaragüense.

Con esta nueva victoria, Ortega logró extender su modelo de gobierno autoritario, basado en alianzas con el sector empresarial, exclusión de cualquier bloque de oposición, el acoso constante a la prensa independiente y el control total de las instituciones del Estado.

En Nicaragua se vive un ambiente de división. Por un lado está el pueblo que se ha acomodado en el conformismo, como las familias que han logrado establecerse a lo largo de los años y acoplarse al sistema para llevar una vida cómoda. Por el otro, está el pueblo que ha salido de esa zona de confort y que ha sufrido las consecuencias en carne propia de un sistema deteriorado, liderado por un mandatario cegado por la ambición.

El inconformismo y rechazo hacia Ortega y su gobierno ha hecho que la oposición crezca cada vez más y quedó evidenciado en las elecciones realizadas el pasado 6 de noviembre. Las filas que acostumbraban abarrotar los centros de votación eran solo un recuerdo; la abstención de voto sirvió como método de rechazo, ante la carencia de un candidato opositor.

Esto no impidió que los resultados mostraran un masivo 72% a favor de Ortega, después de un día que, sumado a los miles de nicaragüenses que no votaron, muchos enfrentaron dificultades en los centros de votación. Muchos no aparecieron en las listas del padrón electoral y otros fueron trasladados sin aviso a otros.

Ahora Ortega se mantendrá en la presidencia por cinco años más y probablemente realizará maniobras políticas para mantener su mandato por más tiempo. Sin embargo, el fin del llamado Orteguismo puede estar dentro de la propia estructura sandinista. La vieja guardia sandinista no acepta el nombramiento de Murillo como vicepresidenta ni la creación de un línea dinástica. De retirarse Ortega, esto puede generar un giro histórico en el futuro de Nicaragua.

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