EL GRAN VENTRÍLOCUO

Editorial 33Septiembre de 1821, un grupo de ciudadanos se reúne a puerta cerrada para firmar la independencia y “prevenir las consecuencias temibles en el caso que la proclamase de hecho el mismo pueblo”. Lamentablemente las circunstancias en las que se firmó aquella acta, vuelven a repetirse el día de hoy. Cuán equivocada está “La Embajada” y la facción ultraconservadora del poder económico. El despertar ciudadano va más allá de sus propias agendas y no puede controlarse.

Ante este despertar cívico que vive el país, hay grupos que empiezan a tener miedo.

Ahora que ven que las protestas continúan, los ciudadanos demuestran que no se trata de una simple moda sino de una conciencia ciudadana que reconoce que el sistema no se arregla quitando una cabeza y poniendo otra. Por eso demandan cambiar el sistema político y realizar reformas profundas al Estado; exigencias sin las cuales acudir a unas elecciones sería lavarse las manos para volverlas a meter en lodo.

En pocas palabras, lo que la mayoría de manifestantes de todo el país quieren, sobre todo los más jóvenes, es que se les permita hacer nación. Pero eso no les conviene a los que por años han querido tener un país a la medida de sus enormes privilegios.

Por eso llaman a los manifestantes a “respetar el orden Constitucional”, pero sin ofrecerles opciones concretas de cambios que empiecen hoy. Por favor señores, de qué orden constitucional hablamos si la Corte resuelve a antojo del mejor pagador. Hace demasiado tiempo que este país está hundido. Permítanles a los jóvenes rescatarlo.

Hoy Otto Pérez Molina está en pie sólo porque la embajada norteamericana y el empresariado más conservador lo sostienen. Y lo sostienen como quien toma una marioneta para hablar a través de él y aparentar que la institucionalidad se mantiene.

A principios del mes de junio, Pérez Molina dio una conferencia en Casa Presidencial junto al embajador estadounidense Todd Robinson. Para hablar sobre la colaboración del Departamento de Estado en la inspección de la idoneidad de los funcionarios. No fue más que un show de ventrílocuo.

El General de la “mano dura” ahora tartamudea, divaga, repite palabras y pierde la mirada. Quizás sea porque ya no habla por sí mismo, porque pasó de ser Presidente a Vocero del poder norteamericano.

Sabemos que nuestra economía depende en gran manera de las alianzas con el gran hermano del norte. Esta nación pequeña, que está por renacer, sabrá corresponder a la colaboración y a la buena voluntad, pero no así.

No lo olvidemos, los verdaderos jefes de los funcionarios públicos, desde el Presidente hasta el policía, no son los líderes de las grandes potencias, son los ciudadanos que viven, sufren y sostienen a este país; esas personas que están profundamente comprometidas con la realidad de nuestros pueblos, que hoy han perdido el miedo a ejercer su papel como legítimos patrones. Si los ciudadanos deciden despedir a quien falló a su contrato, por abuso o incapacidad, tiene todo el derecho de hacerlo y nadie debe interponerse al pleno ejercicio de su ciudadanía

Basta de injerencia. Es hora de que el pueblo por fin pueda proclamar su propio Estado y hacer valer su independencia.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *