El poder del culto

Alejandro Arroyave

Uno de los significados que la Real Academia Española le asigna al término “culto”, es el “honor que se tributa religiosamente a lo que se considera divino o sagrado”. La fe es uno de esos productos fáciles de moldear a la demanda del mercado, puesto que implica creer ciegamente en la deidad que más se adapte a sus necesidades espirituales.

Aunque mi formación fue cristiana, desde hace muchos años que decidí, por salud mental y espiritual, mantenerme alejado de las iglesias. Nunca logré comprender cómo miles de “ovejas” asistían todos los domingos al culto, repitiendo el mismo orden de siempre: alabanza, manifestaciones “divinas”, ofrenda y diezmo, sermón, oración y despedida; y a la salida, empezaba el cotilleo para bajarse el “cuero” entre ellos. Que si el pastor hizo tal cosa, que si la hija de la diaconisa hizo otra, que si el ministerio de alabanza es excluyente, que si supieron del nuevo escándalo, que si tal por cual, etc.

Tampoco logré hacer la paz con la venta y promoción de todo tipo de productos religiosos: libros, discos, calendarios, llaveros, playeras, pachones, pocillos, peluches, globos, y un interminable etcétera. La entrada y la salida del culto me recordaban siempre al episodio de la vida de Jesús cuando echó a los mercaderes que ocupaban la entrada del templo.  Todo sea para la “obra de Dios” es el argumento favorito.

A partir de ese entonces, me dediqué a cuestionar e investigar acerca de los diferentes cultos religiosos. Sobra decir que ningún líder de las distintas religiones estuvo dispuesto a conversar fuera de un ambiente controlado y es que, como es de esperarse, el cuestionamiento va en dirección opuesta a la fe. “Usted crea no pregunte”, parece ser la consigna.

En la batalla por conquistar la mente de los pueblos, el culto a una o varias deidades, o a los líderes que se autonombran sus embajadores, juega un papel determinante. En las referencias históricas que pude encontrar, descubrí que en los tiempos del Imperio Romano, por ejemplo, muchos de los santos católicos, fueron adaptaciones a los cultos “paganos” de los pueblos que conquistaban. De esa forma se fortalecía la iglesia y los pueblos podían seguir a una entidad semejante a la que tradicionalmente adoraban.

Pero no sólo se trata de la iglesia católica, evangélica, judía, mormona, musulmana, hinduista, etc. Alrededor del mundo existen miles, sino millones, de religiones que obnubilan las capacidades mentales y, a mi parecer, espirituales, de los pueblos que caen en su seducción. Desde fieles que van a la India en busca de un ashram que los acerque a Dios, hasta los que cargan pesadas carrozas en procesiones que, además de bonitas, puedan contribuir al perdón de sus pecados. Sin pasar por alto, los diezmos que ahora se aceptan hasta con tarjeta de crédito en algunas de las iglesias evangélicas de moda.

No pretendo ofender a nadie y respeto sus creencias, pero considero importante de cuando en cuando alzar la voz para cuestionar lo que nos dicen es “la voluntad de Dios”. Y es que el peligro del efecto de los cultos se ha hecho evidente en diversas agrupaciones que han conducido a sus fieles a actos extremos como el suicidio masivo. Las sociedades que son entorpecidas por esa influencia psicológica coercitiva, son tendientes a permitir tragedias a gran escala; el ejemplo más extremo de esto fue el Holocausto. Ni hablar de aquellos que rezan varias veces al día mientras se preparan para auto inmolarse castigando a los “infieles”.

Los cultos suelen ejercer un control mental, al punto de calificar como “pecado” ciertos pensamientos que riñen con la doctrina. Suelen ser totalitarios, sea por medio de dogmas o de normas de orden y conducta, la democracia no tiene cabida en los cultos, lo cual no sorprende, si se considera que la democracia depende de que las personas usen sus facultades críticas. La euforia colectiva que provee el culto suele confundirse como una presencia divina incuestionable.

El control mental trabaja mediante la desviación de la racionalidad y la eliminación de libertades. Aunque se hable del libre albedrío, la doctrina del culto suele oponerse a las libertades humanas básicas como la libertad de expresión.

De acuerdo al Dr. Paul Martin, los miembros de un culto nocivo, “sufrirán daños perdurables, irreversibles que afectarán sus habilidades para funcionar adecuadamente en los dominios emocionales, sociales, familiares y profesionales”. En mi opinión, la mayoría de cultos resultan nocivos para el desarrollo integral del ser humano.

Recuerdo haber escuchado en varios testimonios: “yo buscaba y buscaba a Dios, hasta que lo encontré en esta iglesia”. En lo personal, considero que a Dios lo encontramos en nuestro interior, formamos parte de Él, todos tenemos un aspecto espiritual que nos conecta con nuestro Creador y podemos relacionarnos con Él directamente sin hombres que la hagan de intermediarios.

Para terminar, dejo esta reflexión, si de acuerdo al Programa Latinoamericano de Estudios Sociorreligiosos, el 97% de los habitantes de Guatemala son católicos o evangélicos, ¿por qué nuestro país continúa sumido en el subdesarrollo y la violencia?

Deja un comentario en: “El poder del culto

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *