EMPODERAR AL CONSUMIDOR

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Guatemala está urgida de una Ley de Competencia, los países desarrollados han legislado el tema porque están conscientes que para que el país crezca se le debe conceder poder al consumidor, aunque esto signifique restarles privilegios desmedidos a los gigantes corporativos.

 

Del proteccionismo servil a las mega corporaciones que han acaparado a lo largo de siglos los medios de producción, los únicos beneficiados son sus pequeñas juntas familiares de accionistas y los políticos que tengan en planilla. Es un espejismo pensar que esta protección es justificada porque estos grandes grupos empresariales generan muchos empleos. En el país, el mayor generador de empleo, alrededor de un 70%, es el comercio informal.

 

En la contraparte, de la apertura del mercado y de la libre competencia, se benefician no sólo aquellos emprendedores que deciden incursionar en determinado sector productivo, sino todos aquellos consumidores de sus productos que tienen, a partir de la competitividad que exige el contar con rivales en el mercado, opciones para buscar lo que más se apegue a sus posibilidades y necesidades.

 

La Ley de Competencia busca imposibilitar la conformación de monopolios y oligopolios, así como sentar la base legal para desmantelar aquellos que continúan secuestrando mercados con prácticas antiéticas e inmorales, porque no sólo han atentado contra empresarios más pequeños que han terminado perdiendo su limitado capital ante el inevitable fracaso de tener que competir en condiciones desiguales en el más amplio sentido, sino que despojan del valor de los recursos económicos de los clientes cautivos que se ven obligados a comprarles a los mismos de siempre. Solo compitiendo, las empresas se obligan a mejorar la oferta para satisfacer la demanda.

 

Porque competir contra grandes capitales con creatividad e ingenio es una cosa, pero hacerlo sin una ley que proteja tu inversión y emprendimiento, con distribuidores amarrados de las manos, y lo más grave, con instituciones estatales que entorpecen o agilizan procesos, según sea quien lo pida y de a como lo pida; es una misión suicida.

 

Exhibiendo su poder en diversas formas de expresión, es como los acaparadores desalientan a cualquier potencial competidor, sin darse cuenta que más temprano que tarde llegará el consumidor a la consciencia de que se le está negando su poder inherente, se le está arrebatando su capacidad para decidir. Qué codicia más grande es la que se esconde en las acciones de quienes se apropian del poder adquisitivo de la gente.

 

Con la Ley de Competencias quedarán atrás muchas de estas prácticas maliciosas, como los famosos contratos de exclusividad que pretenden impedir el ingreso de otras marcas, truncar el surgimiento de otros proyectos que puedan competir y devolverle al consumir la potestad de escoger su compra. Ese tipo de grilletes en el mercado, es el equivalente a obligar a una persona a amarnos simplemente porque no hay otra opción.

 

Las personas, los usuarios de los productos y servicios, no pagan por ellos con monedas y billetes. Pagan con la vida que entregan en sus trabajos, con el tiempo que invierten en generar ingresos para hacer sus sueños y el de sus familias, una realidad. Por eso merecen respeto, garantía, calidad, buena atención y, principalmente, su libertad para elegir. Nada menos.

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