Estamos jodidos

YO MEJOR ME RÍO

Alejandro Arroyave

Edición: NOV 2012
Autor: Alejandro Arroyave
Correo: aarroyave@revistaperrobravo.com

Cuando terminé de leer una nota breve que anunciaba que El Salvador y Guatemala reactivarían la cooperación policial fronteriza, no pude evitar reírme.

La relación entre Guatemala y El Salvador, a diferencia de otros países centroamericanos, ha sido mucho más cercana e íntima. Primero porque compartimos una similar situación geográfica y económica que nos hace, a ambas naciones, dependientes de nuestras relaciones con los Estados Unidos de América, lo que termina ubicándonos como los mayores exportadores de migrantes ilegales a ese país. Segundo, porque compartimos más de cerca el capítulo del conflicto armado interno y, por lo tanto, tenemos una memoria colectiva en común; y tercero, porque, después de EE.UU., El Salvador es nuestro mayor aliado comercial.

Dado que compartimos varias fronteras, el tránsito entre Guatemala y El Salvador es muy dinámico, según el INGUAT, solamente entre enero y agosto de este año, se registró el ingreso de 392,437 turistas salvadoreños a Guatemala. Debido a todo lo anterior, claro que resulta lógico reactivar esa cooperación que fue suspendida hace 4 años y que le dio vida a un componente de Policía Binacional destinada a resguardar a quienes transitan por las fronteras entre ambos países.

Tristemente, ambas fuerzas policiales tienen el estigma de ser reducto de violadores de los derechos humanos y colaboradores del crimen organizado en las fronteras: participando de la trata de blancas, facilitando el tráfico de drogas y de armas, entre muchas otras acciones fuera de la ley.

Yo lo he vivido en carne propia: los policías pueden ser los más crueles y despiadados seres humanos cuando creen que no hay nadie por encima de ellos y que su autoridad va más allá de lo que la ley establece. Para esta clase de policías la ley es solamente un texto en blanco y negro que, sin fotos, les resulta una especie de aburrida referencia que tienen que mentar de cuando en cuando.

Recientemente fui víctima junto a mi familia de ese trastorno déspota de la policía fronteriza que, en esa ocasión, se manifestó en un secuestro que sufrí por parte de las fuerzas de seguridad de El Salvador; y cuyos detalles conocerán nuestros respetables lectores en la publicación especial que acompañará el presente ejemplar de su Revista Perro Bravo. Recuerdo que uno de los policías que me “custodiaba”, sabiéndome periodista, empezó a quejarse conmigo de la dolarización del salvador, de los bajos salarios de los policías y de cómo el presidente salvadoreño, Mauricio Funes, se había olvidado de ellos. Remató sus abundantes reflexiones respecto a esos temas con un: no señor, si aquí no estamos en Estados Unidos, aquí estamos en los Estados Jodidos; yo reí por dentro.

Se pudiera profundizar en algunos rasgos en común entre las tendencias de ambos gobiernos, por ejemplo, el nombramiento de ex militares en puestos claves para la seguridad nacional. Mientras el gobierno de Otto Pérez Molina tiene a ex militares a la cabeza del Ministerio de Gobernación, de la SAAS, de la SIE, y de la Dirección de Inteligencia Civil, entre otras instancias; el gobierno de Mauricio Funes, después del divorcio con el partido FMLN que le llevó al poder, colocó a ex militares al frente del Ministerio de Seguridad y, más delicado aún, de la Policía Nacional Civil.

No obstante lo anterior, la inseguridad e incertidumbre que sufre la población centroamericana no es un problema solamente del Ejecutivo, se trata de un problema de Estado que evidencia que las estructuras, sobre las cuales descansan tanto el Estado de Guatemala como el de El Salvador, no admiten contrapesos reales que propicien una administración equilibrada.

Si le prestamos atención a lo que sucede en el Organismo Legislativo, supuesto contrapeso de la administración del Ejecutivo según la teoría del Estado, encontramos actitudes similares entre los legisladores de ambos países. En el Congreso de Guatemala no pasaba durante mucho tiempo la Ley contra el Enriquecimiento Ilícito, mientras sí se buscaba el avance de la aprobación del presupuesto, de más deuda pública, y – ¡Dios mío! – de las reformas constitucionales impulsadas por el Presidente. Mientras tanto, en el Congreso de El Salvador, la misma Asamblea de Legisladores que eligió al anterior Fiscal General, se empecinó en volver a participar en la elección de su sucesor, a pesar de que la ley no lo permite; dejando así a El Salvador sin Fiscal General durante varias semanas.

Ni qué hablar de la Procuraduría de los Derechos Humanos (PDH), que forma parte del Estado, en ambos países. La falaz defensa de los derechos humanos no sirve para una mierda en nuestros países, tanto la PDH salvadoreña como la guatemalteca, ambas brillan por su ausencia. Incluso, después de haber sido violentado en El Salvador, al regresar a mi país le exigí a la PDH que se pronunciara sobre mi caso, que no es el único, y sobre la violación a los derechos humanos que tiene lugar en áreas fronterizas. Lo único que logré fue una audiencia con un grupo de personeros de la PDH, encabezado por la Procuradora Adjunta, Claudia María López. La reunión se desarrolló entre bostezos de los representantes de la institución y la ridícula ocurrencia de la Procuradora Adjunta, diciendo: yo lo que les recomiendo es que apliquen la estrategia de litigio mediático… así llaman atención al caso; simplemente no existe un calificativo justo para esa burrada. El Procurador, Jorge De León, después de haber ofrecido la audiencia, no tuvo los pantalones de plantar cara, y se limitó a enviar infantiles papelitos a la Procuradora Adjunta para que se retirara de esa reunión lo antes posible; lo cual no sorprende, si se toma en cuenta que el carácter de aguambado y blandengue lo viene mostrando desde la tragedia en Alaska.

Lo cierto es que “una golondrina no hace verano”, y hasta que nuestras estructuras estatales no sean modificadas para hacerle frente a las necesidades que la realidad actual de nuestros países plantea, mal de un lado y mal del otro, seguiremos habitando paraísos de la eterna impunidad en donde una Policía Binacional fronteriza, con los problemas que acarrean las instituciones de ambos países, o causa rabia o causa llanto;… yo, mejor me río.

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