¡QUÉ POCA MADRE!

Editorial-44

No cabe duda que parte de la falta de amor de la humanidad hacia la energía maternal se ve expresada en nuestra conducta social, en la violencia contra la mujer, y también en la forma como depredamos y abusamos de la madre tierra diariamente.

La contaminación de las aguas y la tala desmedida de hectáreas de bosque, son igualmente despreciables y comparables con las agresiones que sufren las mujeres en distintas latitudes del planeta. Y es que el amor a la madre es el principio del andar recto, es la primera referencia moral que tienen los hijos y que marca en gran medida la visión que tenemos del mundo, la actitud con la que enfrentamos la vida y nuestro sentido de lo justo.

Pero es verdad que no todos los hijos son buenos con sus madres, el escándalo del caso La Línea y la reciente publicación de la base de datos de los Documentos Panamá, tienen un personaje en común: el ex interventor de la Dirección de Aeronáutica Civil, Alejandro Castañeda Serovic, nombrado por el entonces presidente Otto Pérez Molina. Un hombre que lejos de enfrentar a la justicia ha decidido refugiarse en otro país y ha dejado a su familia soportando el descrédito de sus acciones. Nos ocuparemos de él en una próxima edición, por ahora nos limitamos a expresar nuestra pena por la situación que atraviesa su madre y la empresa que ha dirigido por décadas, que está pagando ahora los platos rotos por los actos de un hijo cegado por la ambición.

Pero esta falta de valores en nuestra sociedad va mucho más allá del comportamiento reprochable de los funcionarios públicos. El avance de la deforestación y la depredación de nuestros recursos naturales no sólo es responsabilidad de la industria y de la incapacidad de nuestras autoridades; el amor y el respeto a la naturaleza se mama desde el hogar. Pero qué respeto y cuidado amoroso se puede enseñar en hogares desintegrados y violentos, faltos de educación, de sentido de unidad y de consciencia ambiental.

Esa moralidad huérfana, carente de una guía que apunte hacia el camino del bien, al sentido común, sin un referente que oriente a interpretar el entorno como un universo dispuesto para crear belleza, bondad y verdad; se esparce como un cáncer contagioso que vende el bien mayor por una aparente ventaja particular y egoísta.

Así, se construyen fortunas obscenas y se agrava la miseria de millones de familias; se doblan las leyes, se saltan las reglas, con tal de ganar más dinero, aunque se pierda todo lo importante. Con esa mentalidad confundida y aprisionada, se compite con todo y por todo, y se ridiculiza el deseo honesto de cooperar con el prójimo.

Y así, vemos ese sentido convenienciero, de doble o triple moral, esparcirse por el sector público, así como también en el privado. Organizaciones sin alma, corporaciones frías, inhumanas, que ven en las personas solo potenciales ganancias.

Se compran voluntades como si fueran chicles, jueces, secretarios, ministros, presidentes, todos parecen tener un precio, incluso los medios de comunicación que con su cobertura parcializada, son capaces de dejar de hacer las preguntas obligadas con tal de no comprometer proyectos que pueden dejarles algún rédito directo o indirecto.

Sirva este mensaje como un manifiesto de la necesidad que tenemos como país y como humanidad, de alimentarnos de valores más elevados que vayan más allá de la vacía acumulación de riqueza y de la persecución de beneficios particulares. Ese gastado camino nos ha llevado a una lamentable situación de decadencia social y planetaria.

Es tiempo de reconocernos como lo que somos, hermanos y hermanas que comparten una misma escuela. En Guatemala y en toda la Tierra, verdaderamente, nos hace falta mucha, muchísima madre.

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