SUSTITUYAMOS LA NECEDAD DE DESTRUIRNOS

Cuando todo presagiaba que el siglo veintiuno prometía la estabilización de la paz mundial, como una maldición cíclica presente en el tiempo en épocas similares, en la centuria pasada los acontecimientos que dieron origen a la Primera guerra mundial, la denominada Gran Guerra, cuajaron en el año mil novecientos catorce, confirmando en la raza humana, esa vocación dominante que pareciera marcarle como destino, cual si fuera parte de su ADN, la destrucción de su propia especie.

Por lo menos de una parte mayoritaria de ella, porque hay un grupo, los científicos, que avanza sobre campos maravillosos del saber humano, y que se prepara a dejar los bienes terrenos a disposición de los ambiciosos y guerreros, y ellos se preparan ya, para abandonar, en su momento, a esta civilización que no pudo superar la parte salvaje que lo impulsa al dominio y destrucción de sus congéneres, para dar el gran salto en pos de encontrar en el inmenso universo, el lugar que les permitirá fundar una nueva etapa de ese ser maravilloso, que aquí en la tierra, rehusó a reconocerse la parte divina de la creación, por disposición de Dios, y usó su inteligencia para someter a todos los seres vivos del globo terráqueo y, por añadidura, destruir el planeta que se le asignó.

Para mi es fácil, ver cómo el adelanto científico, reta todos los días a los pensadores políticos a rectificar el camino, sin mayores esperanzas de coincidencia de propósitos.

Ellos, los científicos, se alejan a planos superiores, en tanto los políticos no salen de las luces de Grecia o los tormentos de la inquisición de la edad media. Como preámbulo obligado en el análisis de cualquier situación que nos afecte como sociedad, tenemos que partir, de aquellas que las gestan como humanidad. No podemos reducir nuestra visión a Centroamérica y en ella a Guatemala, fuera del contexto del resto de países del mundo.

Nuestro espacio vital se ha reducido de una manera tan vertiginosa, que las distancias se las tragaron las comunicaciones globalizadas, y mares, montañas, valles y todos los inmensos accidentes geográficos, frente al tamaño físico de los humanos, perdió sentido ante la capacidad de comunicarnos en segundos y enterarnos simultáneamente de lo que sucede en el resto del mundo.

Eso nos permite confirmar que los espacios reservados a la convivencia pacífica son difíciles de ubicar y pareciera hacer de nuestro planeta, un recurso agotado, prematuramente agobiado por la convulsión social.

La paz y convivencia armónica son bienes sociales escasos, extintos o simples declaraciones demagógicas y mentirosas de la humanidad. Como principio primario de la raza humana, fue sustituido por la violenta angustia social de concentrar bienes y servicios, como mecanismo de dominación. Objetivo presente en individuos y países. La paz, la solidaridad, el amor al prójimo, sucumben todos los días asesinados por la urgencia de sobrevivir.

Impreso en nuestro subconsciente, como espacio existente en algún lugar de nuestra masa cerebral, nos recuerda que podemos pensar y convivir con esos sentimientos que nos obligan a transformarlos en poemas o en aspiraciones éticas o morales, muy lejos, lejísimos de nuestra actividad cotidiana y real. Fácil de intelectualizar, casi imposible de realizar.

Dotados finalmente, de la capacidad de imponernos normas para tolerarnos si somos más de dos, buscamos la forma de ignorarlas o violarlas cuando pensamos siendo uno. Hay una carga subconsciente que no alcanza a respirar en nuestro organismo para darse vida, y continúa allí, latente, pero sin viabilidad para expresarse.

Marchas primitivas buscando el final del arcoíris, en un tiempo en que podemos llegar a la luna en cohetes imponentes. Usando el hambre colectiva para ponerla a caminar y lograr con esos gestos fustigar al supuesto enemigo, usando su lote de siervos para mantenerse gordo a costa de su hambre.

La evolución del poder al Derecho, logrado teóricamente en constituciones, códigos y leyes, retrocediendo velozmente a su origen, dominado nuevamente por el insaciable poder que arrincona al Derecho, utilizando la misma ley para atropellar y sojuzgar al indefenso.

La Humanidad Masa dándole vueltas a la tierra en esa marcha sin final y sin destino, manipulada siempre por quien concentra poder político y económico, y la pone a caminar, como parte humana que respira y siente, dentro de su malvada maquinaria para concentrar poder y dinero.

Es terrible retroceder en el tiempo, a las zonas más salvajes y obscuras de la historia humana, invocando para justificar la indigencia y la utilización del hambre para fines políticos, una supuesta lucha por lo Derechos Humanos. ¡Mentirosos!…¡Criminales!.

Es absurdo abandonar los Paraísos con Dueños para fastidiar y sobrevivir en Estados Fábricas, también con dueños. Cambiar el calorcito por el frio.

Nuestro destino está en la parte de la tierra que Dios nos asignó, esto sin caer en ningún fanatismo religioso.

Dios creó a quienes creen en él. A los que viven piadosamente como sacerdotes y pastores e invocan su nombre. A los que profundamente creemos en él y lo buscamos cotidianamente, y también a quienes niegan su existencia.

La posibilidad de reorientar la inteligencia, para transformar el sentimiento que nos dice que existe la paz si podemos pensar en ella, que podemos practicar la solidaridad si nos emocionamos al pensar en ofrendarla, y también de amar al prójimo, si somos capaces de amar a nuestra pareja y a nuestros hijos. Sabremos encontrar también el camino para descubrir la forma de transformar esos sentimientos, principios y valores, en realidades concretas. Es cuestión de intentarlo.

En Guatemala también nos mueven esos sentimientos y si logramos sacarlos a flote en la experiencia de nuestra propia vida cotidiana, podremos forjar la Guatemala de nuestros sueños.

Si el mesías encontró en Pedro, la primera piedra de la iglesia, nosotros rodeados de volcanes, montañas, valles, lagos y ríos, quizá encontremos la roca que nos permita sustentar el cimiento de una Nueva Guatemala.

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