Un pueblo ciego, sordo y mudo es presa fácil de embusteros, tuertos y charlatanes

Danilo Roca

Edición: NOV 2012
Autor: Danilo Roca
Correo: daniloroca08@gmail.com

No creo, en la perturbación colectiva, aun aceptando la existencia nazi y la locura hitleriana, tampoco en la ceguera como enfermedad social o la sordera como limitación endémica de ninguna población.

Lo anterior, no obstante constatar, como el crimen, nace, crece y se reproduce en un instante, en la conciencia de quienes linchan creyéndose justicieros vengadores.

Me resisto a creer que haya una sola persona en nuestro país que racionalmente sabiendo que las cosas andan mal, respondiendo a una dinámica tan ilógica como perversa, lleguen a pensar que lo absurdo y antinatural, transformado en un impulso colectivizado maligno, se pueda, imponer, percibir y lo más grave, aceptar, como ¨normal¨.

No. Lo que no coincide con la normativa del pacto social que nos mantiene jurídica y políticamente unidos, no es normal, y debemos saberlo y exigirlo como forma de comportamiento de todos.

Desde quienes en el poder o la desprotegida ciudadanía, aceptamos y nos obligamos acatar que la Ley es el límite de nuestra voluntad.

Pero también existen normas sociales que referidas a comportamientos, no necesariamente criminales, se deben observar para mantener ciertos niveles éticos que permitan honrarnos o sentirnos decentes en nuestras relaciones con los demás.

No es posible, que el ladrón, si logra conseguir su objetivo se vuelva más respetado o temido en la sociedad como si se tratara su pandilla ampliada.

Pero también es ladrón, con el agravante de lesa comunidad, el saqueador de recursos estatales, que aún sabiéndolo todos, en lugar de recibir una sanción legal, continúe ejerciendo intolerables influencias en el poder y hasta el cínico reconocimiento de otros, que en funciones oficiales, esperan el mismo resultado.

Y se queda uno frio al enterarse del volumen de ¨sus¨ monumentales fortunas, y me refiero a miles de millones de quetzales mal habidos, que los hacen transformarse en asesores de sus iguales. Eso no es ¨normal¨ y debe terminar definitivamente.

No debe ser respetable, mucho menos buscar el respaldo popular, quién alcanza la posición electoral bajo una bandera partidaria sólo para ponerla en subasta inmediatamente después de obtenerla.

Quién desconoce el mandato de sus votantes, merece el calificativo de tránsfuga. Etiqueta que lo define como traidor de sus electores. Y se le debiera hacer sentir el repudio que desestimule su intento de repetir de manera continuada su pretensión de ser dirigente en el país.

Eso no es ¨normal¨ y debe exigirse que sea proscrita legalmente como posibilidad de fuga al sagrado compromiso de representar en democracia, la cuota de poder que sólo pertenece a sus electores.

También hay periodistas que se creen jueces y sin saber absolutamente nada de derecho, cuestionan las decisiones judiciales por oficio, creyendo que el Colegio de Abogados es una institución educativa de enseñanza media, que no necesita de calificaciones académicas y profesionales para ejercer la profesión de Abogado.

Confunden irresponsablemente a la población con editoriales, interpretaciones o consideraciones menores con el solo propósito de robustecer el morbo de una sociedad sumida en el abuso y la anarquía.

Aún cuando en la apreciación de las conductas existe un sentido natural de la justicia, no es válido cuestionar el proceso penal o civil confundiendo a la población y creando hostilidad hacia los juzgadores o las partes procesales.

La razón misma del proceso es llegar a la verdad jurídica que se atiene a un conocimiento técnico y científico, cuya objetividad está basada en reglas de rigurosa aplicación no en ocurrencias ni rumores.

Opinar sin sustento formativo y mucho menos conocimiento legal, no es ¨normal¨ y debe eliminarse de nuestra forma de entender la aplicación de la ley transformando a inocentes en culpables a cambio de prebendas, consignas o sobornos.

Si los fiscales son malos y hay muchos que lo son, hay que cambiarlos. Si los Jueces son malos y hay muchos que se han transformado en burócratas judiciales acomodados a una rutina que nada tiene que ver con la aplicación de la justicia, hay que denunciarlos y cambiarlos.

Si quienes operan como auxiliares de justicia se han transformado en verdugos de oficio tras la caza de de prebendas nacionales o internacionales, hay que denunciarlos para evitar que medren del dolor social.

Es más si La Ley, es mala o insuficiente en la apreciación de las penas que contiene hay que cambiarla, pero una vez aplicada no debe transformarse en vómito de ignorantes sabelotodo y desinformadores. La Ley es dura o benigna pero es La Ley y hay que respetarla.

Hay una máxima universal además de la respetada Presunción de Inocencia que sabiamente recomienda: ¨Es preferible absolver a un culpable que condenar a un inocente¨.
Esas formas arbitrarias, abusivas, presionadas e insolventes de entender la aplicación de la justicia no son ¨normales¨ y deben superarse a la brevedad.

Con una picardía judicial inaceptable, nos están regresando a la confrontación étnica y política que supuestamente se había superado con la firma de los acuerdos de paz.
En las nuevas generaciones ajenas a la guerra instalar de nuevo la confrontación es una irresponsabilidad criminal que debe evitarse a tiempo.

Y el tiempo pareciera acercarse más a los calendarios del pasado que a las esperanzas de paz que debieran alimentar nuestro futuro.

Hartos los guatemaltecos del crimen común o de la delincuencia organizada, todavía se les quiere sumar el enfrentamiento étnico, estimulado por las rencillas revividas de una guerra instrumentalizada por intereses ajenos a los guatemaltecos.

Aquella guerra terminó afortunadamente en el resto del mundo y tercamente algunos pretenden revivir y envenenar a una población mayoritariamente menor a los veintitrés años, que no hay derecho a introducirla en los vericuetos sangrientos de una nueva guerra.

Eso no es ¨normal¨ y debe anticiparse como conducta perniciosa y poco consecuente con la etapa de desarrollo en paz por la que tantas vidas se perdieron inútilmente en aquella guerra fratricida.

Quien lucre con la confrontación y la posibilidad de la guerra es ¨anormal¨ y debe retratarse como enemigo de la paz y del progreso.

Nuestro país reclama y necesita conductores que busquen en la normalidad lógica del desarrollo social, económico, cultural y político, la solución de nuestros problemas.

De momento, y por lo que se ve también en los aspirantes, pareciera que sólo anormales dirigen y pretenden dirigir nuestra ¨normalidad¨

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