YO TAMBIÉN FUSILE AL 2013

Provocador, irreverente,  amenazante, el nuevo año  se abrió paso, eliminando al 2013 sin ninguna compasión.

Lo fusiló a las doce de la noche del treinta y uno de diciembre, y como si todos los sicarios del mundo se hubieran puesto de acuerdo para disparar sus armas al mismo tiempo, millones de explosiones llenaron de humo el ambiente sobre el cadáver del desaparecido año.

Todos celebraron su muerte. Casi siempre sucede así, los años mueren después de doce meses de vida. Doce meses que entrañan cada día una gran batalla.

La encarnizada lucha entre el ser humano y el tiempo. Batallas que indefectiblemente siempre gana el tiempo, que hasta el treinta y uno de diciembre, siempre sabe que amanecerá el próximo día frente a la incertidumbre de quienes por el contrario nunca saben se mirarán otra vez un nuevo amanecer.

Subir al transporte colectivo para enfrentar la tarea cotidiana, puede ser el último encuentro con el calendario, tener la mala suerte de enfermar y confrontar personalmente, para la mayoría de los ciudadanos, la atención médica pública gratuita, puede que guarde en su pupila la imagen del galeno, que ante la falta de recursos, seguramente tendrá como posible e inevitable tarea firmar el certificado de defunción acompañado de  la jubilosa parca.

No obstante  siete días antes del funeral del año, la esperanza que despierta siempre,  la efemérides del nacimiento de Jesús, a quién resumiendo sus treinta y tres años de vida, crucificaremos pocos meses después, en la semana santa, aceptamos esa realidad ambivalente que cubre nuestras íntimas contradicciones, que albergan en el mismo cuerpo al bien y al mal.

Y al poco tiempo de  empezar el año,  con la traición, venta y asesinato del hijo de Dios,  aniquilamos  aquella esperanza casi religiosa que por más de dos mil años se ha sembrado en los cristianos y que no logramos hacer sobrevivir,  ni siquiera, la tercera parte de esa nueva oportunidad que nos ofrece la vida y que  termina indefectiblemente  en la fugaz,   bulliciosa, festiva, etílica y humeante desaparición  del año viejo.

¿Pero es el tiempo el responsable de la frustración generalizada que se celebra con tanta alegría, el haber desperdiciado, una vez más, doce meses de nuestra oportunidad colectiva? ¿O seremos nosotros mismos, que más parecidos a bestias irracionales, que no obstante ser tales, nuca se tropiezan dos veces con la misma piedra, que repetimos invariablemente el error de trasladarle a otros la responsabilidad personalísima de buscar nuestra felicidad personal y colectiva?

La esperanza la sembró Dios en nuestro corazón con su nacimiento y sublime sacrificio para redimirnos a todos, advirtiéndonos: ¡dadle a Dios lo que es de Dios y dadle al César lo es del César! Parece que equivocándonos, para variar, sólo pensamos en el césar y no sólo les dimos sino que  los hicimos dioses.

Por esa razón, los mercaderes se apoderaron nuevamente del templo, lo césares, como Nerón ya no les importa prenderle fuego a sus Romas como si fueran sus propiedades personales con todo y su pueblo adentro, lo despojan, lo corrompen y finalmente lo compran y venden a discreción.

Ha sido tan efectiva la fórmula para enaltecer los antivalores y la expoliación asqueante de la sociedad, que cada vez los césares se creen investidos de cierta divinidad. ¡Claro está! En medio de un mundo invadido por los demonios.

La asqueante fila de aspirantes a césares es tan larga, incolora, insípida, desinspiradora y  decepcionante, que más de uno de esos  descerebrado aspirantes a César, comienza a celebrar y vender por pedazos su gobierno sin haber llegado al gobierno.

Y saben ustedes porque se lo permiten hacer, por la sencilla razón de que hay incautos o imbéciles  que se los compran.

Los corruptos más afortunados, les compran un pedazo a cada uno, para garantizar parte del botín de los casi 260,000.00 millones de quetzales durante un período presidencial, que pueden crecer cada año y que premiaran la estulticia de poder engañar, comprar o amenazar al pueblo cada cuatro años en la caricatura democrática instalada en nuestro sistema político.

Los mismos nombres se repiten, gobierno tras gobierno. Los mismos nombres que pagan y ganan los contratos para proveer insumos de todo tipo, sólo cambia quien decide la entrega de la concesión, el corruptor y beneficiario siempre es el mismo. Unas veces solamente disfrazado de proveedor y otras, más atrevido aún, poniéndose ocasionalmente el traje de funcionario.

Me decía el ex presidente Cerezo, que leía mis opiniones y encontraba en ellas un dejo de frustración. Qué siendo yo, a su juicio un hombre que ha alcanzado gran parte de sus aspiraciones,  no le parecía congruente que tuviera una visión, para él, a veces demasiado pesimista.

Le apoyé su razonamiento, y trate de explicarle que la felicidad personal no compartida por la mayoría de un pueblo tan sacrificado como el nuestro, no podía causarme más que frustración y enojo y afortunadamente me pudo entender que uno no puede disfrutar de la comodidad de una vida satisfactoria en medio de tanta angustia.

Con él, en el mes de agosto tuve la oportunidad después de nuestras sendas participaciones, de escuchar en Uruguay a dos dirigentes jóvenes de la política Uruguaya y Chilena. Uno dirigente del Congreso Uruguayo y el otro Alcalde del municipio con más población  del entorno de Santiago de Chile.

Los dos con enfoques ideológicos contrastantes pero extraordinariamente fundamentados, es decir que siendo jóvenes no han caído en la irresponsabilidad  intelectual, reflejo y justificación absurda de la ignorancia, de afirmar que los dirigentes políticos no necesariamente deben tener ideología.

Le dije a Vinicio, con dos jóvenes  políticos como estos en nuestro país, activos, inteligentes, formados y sin títulos adquiridos sin controles académicos ajenos al mercado, serios como  estadistas en  proceso de maduración, te juro; que yo restauraría mi propia esperanza y pensaría en disfrutar la vida.

Pero que difícil tarea, la de este Diógenes guatemalteco que lámpara en mano no alcanza a encontrar un halo de luz en el camino de la casi agotada esperanza.

¡Pero no importa! Uniéndome a la mayoría de los guatemaltecos que así lo hicieron, yo también fusilé al año 2013, que tan generoso fue con los corruptos y tan ingrato con el pueblo.

 

 

 

 

 

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