EL DINERO PÚBLICO ES SAGRADO

Editorial 45

Consideramos oportuno este mensaje, sobre todo ahora que se ha desatado un debate en torno a la presunción de inocencia y el debido proceso en relación a los casos que lleva la CICIG y el MP y que han generado múltiples capturas de corruptos y corruptores.

Este texto es para aquellas voces que ahora se levantan con aire de indignación en defensa de los sindicados de cometer diversos delitos y pertenecer a una o más redes de corrupción durante el gobierno del PP, mismas que han estado calladas mientras a miles de personas les violan sus derechos diariamente en los tribunales y cárceles del país, sin contar con el beneficio de la duda ni un ápice de simpatía por parte de la sociedad. Porque para muchos los empresarios y los políticos son una cosa, y los mareros, por ejemplo, son otra.

Pero también sirva este texto como un recordatorio a quienes ostentan actualmente el poder político, para que no olviden para qué están donde están, y cuál debe ser la brújula que guíe su tiempo de servicio.

Ocupar un cargo público no es una cuestión de éxito material ni económico, debe estar fundamentado en una convicción de que aportando con carácter, conocimiento y talento, se puede servir al bien común.

La consigna tatuada en la mente de todo funcionario público honesto debe ser: “el dinero público es sagrado”. Es un honor que la sociedad les haya conferido la potestad de administrar y vigilar el gasto público, los fondos a los que aportamos todos.

Las arcas del Estado son sagradas porque no son solamente dineros. Representan el esfuerzo, la dedicación, el ingenio y el trabajo de millones de ciudadanos que contribuyen con buena parte de su remuneración a sostener esta idea difusa de Estado, con la esperanza que retorne en inversión social, si no en sus propias vidas para sus descendientes.

El dinero público es sagrado porque debe estar al servicio de los intereses de la ciudadanía, del mayor bien, del bienestar común. Si tomamos del dinero público para nuestro interés particular, estamos atentando contra nuestra propia seguridad y la de nuestro prójimo; estamos sacrificando nuestra salud y la de nuestra familia; estamos rechazando la oportunidad de superarnos y negándole educación a nuestros hijos.

Por eso, cuando se dejen llevar por las corrientes que pretenden traerse abajo los procesos judiciales de casos como Cooptación del Estado, La Línea o La Cooperacha, piénsenlo otra vez: ¿son inocentes los enfermos que murieron por falta de la debida atención o de medicamentos?, ¿son inocentes los niños que no reciben educación a causa de la corrupción?, ¿son inocentes los que mueren de hambre por vivir en la marginación?, ¿son inocentes las vidas de jóvenes que se pierden por el crimen y la violencia?

Hoy que hay inocentes por todos lados, en las calles, en los pasillos de Gobierno y en las salas de los juzgados, nos preguntamos… ¿entonces quiénes son los responsables de ultrajar los fondos que tanto esfuerzo le cuesta aportar a los guatemaltecos?

Un juicio justo SÍ, presunción de inocencia SÍ, debido proceso SÍ, pero nos negamos a cerrar los ojos ante una sólida verdad: la corrupción es la raíz de los males que sufre nuestro país y para erradicarla, es necesario castigar a los responsables de abusar del poder y de apropiarse del dinero y facultades que NO les pertenecen.

Repitámoslo cuantas veces sea necesario, hasta que sea parte de nuestra forma de pensar individual y colectiva, que sea un valor compartido: el dinero público es sagrado, el dinero público es sagrado, el dinero público es sagrado…

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