Las últimas horas en la línea de combate de OPM

GUATEMALA CITY, GUATEMALA - SEPTEMBER 04: Otto Perez Molina, former president of Guatemala, during his hearing in the Ministry of Justice of Guatemala, in Guatemala City, Guatemala, on September 04, 2015.Otto Perez Molina, former president of Guatemala is involved in a corruption scandal who already take down the former vice-president. Manuel Velasquez / Anadolu Agency

Cuando el 8 de mayo comunicó al pueblo la renuncia de la Vicepresidenta, el general Otto Pérez Molina tenía un semblante como el de un mariscal de campo que regresa derrotado de una batalla. En su voz había un dejo resignado, una señal de que le esperaban otros combates quizás más cruentos. Un tiempo quizás para llorar.

Sin embargo, conforme los días se sucedían y continuaban las concentraciones ciudadanas en la Plaza de la Constitución y en la mayoría de cabeceras departamentales, el general fue tomando respiro. El 18 de mayo anunció su decisión de mantenerse en el cargo, pese a la creciente demanda popular para que renunciara.

Ernest Hemingway, el escritor estadounidense que estuvo en los frentes de guerra como corresponsal en Europa, decía que “se necesitan dos años para aprender a hablar y sesenta para aprender a callar”. Pero el general no aprendió a callar y continuó afirmando que no renunciaría, hasta que el 21 de agosto la Cicig y el MP anunciaron en conferencia de prensa que Otto Pérez Molina y Roxana Baldetti Elías estaban vinculadas a La Línea. Las murallas de su frente de combate comenzaron, entonces, a derrumbarse.

 

¿Por quién doblan las campanas?

Las grabaciones presentadas por los investigadores de la Cicig y el MP sonaron como descargas eléctricas de una tormenta feroz. Y solo entonces el Presidente supo que las campanas doblaban por él.

En las primeras horas del jueves 27 de agosto, Pérez Molina se reunió con un grupo de analistas que le aconsejó no dar un paso atrás. No debió escucharlos o, por lo menos, evitar seguir a ciegas sus consejos. A la multitudinaria marcha ciudadana que se realizó ese día, el mandatario respondió desafiante: “No renunciaré y me someteré al debido proceso”. ¿Qué le hacía confiar al Presidente que más tarde no tendría que tragarse sus palabras?

Tres días después, el mandatario volvió a insistir en que seguiría en el cargo, en una muestra de tozudez, pero también en un intento por mantener la moral en concordancia con el lema de un kaibil: “Si avanzo, sígueme; si me detengo, aprémiame; si retrocedo, mátame”.

Sin embargo, entre la tarde del martes 1 y el miércoles 2 de septiembre, algo inesperado ocurrió. El equipo de crisis del Presidente tuvo acceso a informes confidenciales sobre la gravedad de unas escuchas telefónicas que comprometían sus alegatos de inocencia. Fueron las horas más apremiantes para un General habituado a situaciones extremas. Se sintió emboscado y a regañadientes tomó la decisión de renunciar, algo que pasó por su mente aquel jueves 27 de agosto en que millones de personas se lo pidieron en las calles de Guatemala y en otras partes del mundo.

Entre el miércoles 2 y el jueves 3 de septiembre, el General que tanto aprecio se había ganado en Washington y en un sector de la cúpula económica que financió su partido político con el que llegó a ocupar el cargo más importante del país, no durmió. Habló con casi toda su familia y con sus allegados más fieles. Leyó la Biblia y se refugió en Eclesiastés: “Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora (…) Tiempo de llorar, y tiempo de reír”.

Así, Otto Pérez Molina se presentó la mañana del jueves ante el Tribunal de Mayor Riesgo B con la secreta esperanza de ganar la batalla legal y dar la guerra hasta las últimas consecuencias. Hemingway también dijo una vez: “Antes de hablar, escucha; antes de reaccionar, piensa”.

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