Y LA FELICIDAD… CUÁNDO

 

Recién inicia el año, la incógnita del futuro comienza a desvelar los acontecimientos que marcaran la nueva ruta del 2017.

Se piensa rápido, y cada quién comenzará a cargar la procesión, o siendo más alto que los otros, y con esa ventaja, cargará menos, o bien siendo el bajito de la fila,  que resentirá lo injusto de la distribución del peso.

Pero la vida ha sido eso siempre, la suma de todas las quejas de la mayoría, frente a la incredulidad de quienes, desde la tranquilidad o la opulencia, se resisten a compartir las quejas de la plebe.

Lo complicado, es que la plebe crece cada día más, y pierde el complejo de ser plebe, para transformarse en seres humanos conscientes de la titularidad de sus derechos, y el derecho a defenderlos, proclamarlos y exigirlos.

Después de los distintos tipos de resaca que deja el activo y no muy santo mes de diciembre, que evoca el nacimiento de Jesús, pero se celebra con todos los vicios del demonio, volvemos a la situación cotidiana, que devolviéndonos a la realidad, iluminarán las caritas de los niños y jóvenes, cuyo pronto retorno a sus estudios, les provee de las renovadas amistades con sus compañeritos y quizá en los que son mixtos, la ilusión de volver a la patoja, cuya ausencia lo torturó en silencio, los últimos dos meses de las vacaciones.

Los padres, por el contrario, comenzarán a meter la mano en bolsillos vacíos, y también esquilmados, por más que haya querido guardar para la ocasión, los recursos necesarios para saciar a los dragones hambrientos, sueltos en los colegios privados, que esperan acariciar con su cola a los estudiantes, y cocinar con sus bocanadas de fuego a los asustados responsables de los estudiantes, que no encuentran diferencia entre el asalto que los dejó sin teléfono, carro, o enseres en la casa invadida por los cacos, a mí ya me pasó dos veces, y las exigencias del colegio, que ya no cobran por mes, sino por cada palabra que pronuncian los maestros.

Cada año, el mismo calvario, que al niño Jesús, en el que confío, le tocará vivir ya con 33 años en los meses de la cuaresma y Semana Santa.

Y allí es donde uno anhela los cambios que reclama el país, y envidia, a los países cuya educación es pública y mayoritaria en la población estudiantil, así como sus hospitales y Seguridad Social Universal, que al beneficiar a todos los habitantes, permiten que uno se enferme sin pensar en la factura del hospital privado que posiblemente le devolverá la salud, pero lo privará de su casa que, hipotecada o vendida, será la única forma de abandonar el sanatorio. Porque ni de cadáver lo podrá hacer, si la familia no cancela el costo de su muerte.

Y no se me puede olvidar, la pena del entierro, claro que no, porque entre el ataúd, el velatorio y el mausoleo, si es que tiene, o el refugio colectivo de sus restos, hará que muchos parientes dejen de llegar a dar el pésame, hasta el momento de la inhumación, para evitar tener que preguntar y apuntarse en la coperacha y   decirle adiós al pariente o al amigo.

Pero la historia de Guatemala, ha sido muy parecida siempre, la suma de todos los lamentos, angustian y hacen fugarse muchas veces a la esperanza.

La realidad por demás patética, nos hace parecer que por una inercia social, más allá de las limitaciones, que todo funciona.

Pasan los buses, nos llevan los taxis, mucha gente vendiendo y otra comprando, todo tan natural…y tan ficticio, como un gran espejismo, que en medio del calcinante desierto, nos hace avanzar hacia el oasis que sólo existe en nuestra imaginación, pero que inalcanzable, hará que la inanición nos lleve suavemente a la niebla total del entendimiento y seguramente a la muerte.

Para nuestro consuelo y también para nuestro desconsuelo, nuestra historia en estos temas ha sido plana, sin cambios esenciales en lo fundamental…la felicidad de la gente.

Creo que fue a mi amigo el Licenciado Carlos Cerezo, a la primera persona que escuché referirse a la diferenciación de algún sociólogo o político, que de dos conceptos: ¨La gente¨ y el ¨El pueblo¨, espero no haber entendido mal, en el sentido, que la gente y el pueblo, se diferenciaban entre quienes tenían una conciencia más integrada a su sentido individual y el pueblo, se asimilaba más a una concepción colectiva.

La Gente, luchando por integrarse a la clase media, frente a la dinámica de un sistema económico, hostil a esa posibilidad, y empujándolo hacia condiciones precarias que la hace engrosar las mayorías paupérrimas y masificadas en la precariedad y limitaciones.

El Pueblo, con un sentido orgánico de su condición de clase, más propicio para favorecer las reivindicaciones populares que se saben colectivas y de amplia cobertura popular.

La línea entre La Gente y El Pueblo cada día más difusa, y desde luego menos satisfechas de esa inercia que ampliando la brecha entre quienes acumulan el esfuerzo productivo de la sociedad, negando de manera sistemática, de distintas formas, la aproximación a una distribución más equitativa del producto de las fuerzas productivas, hacen más complicada la vida.

Esa brecha, cada vez se amplía de manera acelerada y desde luego explicable, por la concentración de los medios productivos que al servicio de la sociedad, podrían fundirse con las necesidades en una porción de esa felicidad tan esquiva y escurridiza para la mayoría.

Ya don José Milla y Vidarra, don Pepe Milla, en sus cuadros de costumbres de manera magistral nos hacía crónica de las precariedades e insatisfacciones de la sociedad de finales del siglo XIX y principios del siglo XX. Y la letanía de las contradicciones e injusticias poco han variado en los primeros quince años del siglo XXI.

Así que ser cronista de la desesperanza es más fácil que ser pregonero de la felicidad, pero constituye una grosería, anticipar la historia que les tocará vivir a las nuevas generaciones.

Porque son las nuevas generaciones a quienes les tocará cambiar la inercia de ese pasado, pesado y decadente, y abrir la brecha de un nuevo amanecer, donde la felicidad se transforme en un bien público de uso y satisfacción común. Partiendo de la base, que la felicidad no consiste en valorar la acumulación despiadada y desmedida de bienes o una lotería que la  sortee con pocas posibilidades de ganarla, si no que sea parte del amanecer cotidiano, para los que nacen, en un medio sano y cuidado, quienes se educan con una educación para todos, en que las letras no tengan precio ni condición social ni económica y la salud, constituida en un Seguro Social Universal, que cubra desde los niños hasta los adultos mayores, con el cuidado que su condición de seres humanos demanda y el derecho al trabajo o la iniciativa personal, estén protegidas por salarios dignos o incentivos financieros que transformen nuestro sistema bancarizado y discriminador, en un sistema financiero socio de la iniciativa personal o social en productos que distribuyan de manera equitativa o mínimamente más justa, el  producto y el ingreso nacional.

Permitirnos, que el uso del automóvil se transforme en un lujo innecesario y antieconómico, por la existencia de un servicio de transporte público, que sea seguro, eficiente y accesible para todos.

Que emulando al Rey Emérito de España Juan Carlos I, sea mejor asistir a un hospital público para operar a su majestad, que a un sanatorio privado, por las prestaciones universales de primer orden que ofrece el servicio sanitario público. ¡Qué envidia!, no de ser Rey sino del servicio de hospitales nacionales.

Si el Presidente de la República, decidiera comenzar a pagar la multimillonaria, pero de verdad, multimillonaria deuda al Instituto de Seguridad Social a partir del mes de febrero, sin permitir que se acumule una deuda que no tienen intención ni medios para pagar de una sola vez, además de volver decente la administración del Instituto Guatemalteco de Seguridad Social, y se nos permitiera que todos los particulares, pudiéramos pagar una cuota de acuerdo a los ingresos, para tener los servicios universales de la institución, cambiaría de un sólo plumazo la situación económica de esa hermosa institución. Si la deuda del sector privado, de aquellos que no la trasladan, que al igual que la del sector público, se descuenta a los trabajadores todos los meses y se la quedan, lo que constituye malversación y retención indebida, tendríamos un Instituto fortalecido financieramente y listo para prestar servicios de primera calidad.

Si a esta decisión, se sumara la de integrar todo el sistema de salud en un solo servicio, a partir de los primarios hasta llegar a los más especializados, en lugar de estar pensando en privatizar el IGSS, estaríamos prestos a pagar, como particulares nuestra cuota, y garantizar una pensión, decente y universal, para todos los habitantes de Guatemala, que claman por salud, educación y desde luego trabajo.

Esto sería como echarle un poco de combustible a llama de la esperanza… esta sería la esperanza de los niños y de los adultos mayores, pero lo más importante sería el presente, ese presente que permanece ausente, para las nuevas generaciones de hoy.

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